//Pelusa, charlemos un rato

Pelusa, charlemos un rato

Hace 36 años, después de salir al Balcón de la Casa Rosada, le contó a El Gráfico lo que sintió. ¿Qué hubiera dicho hoy?

“Murió Diego Armando Maradona y en un instante se paró el mundo. Ni la pandemia aguantó la última gambeta del genio, ingobernable y gobernador, en el fútbol y en la vida a la vez. De ese extremo material estaba construido el futbolista al que todo se le quedaba pequeño. Maradona ha sido una exageración andante, hombre sin límites para jugar y para vivir, constructor del grandioso mito que comenzó a edificar de niño, cuando los hinchas acudían a las canchas para asombrarse con sus habilidades en los descansos de los partidos. Mito, por tanto, construido sin red, siempre a la vista de la gente, escrutado y juzgado sin descanso, sometido al insoportable peso que significaba ser Maradona todos los días”.
Leo en el diario El País al gran Santiago Segurola, ahora, y me viene a la mente ese mismo Diego ayer nomás, después de asomarse al Balcón de la Casa Rosada: “Me sentí presidente”, me confiesa su sensación.

 

Pelusa, charlemos un ratito. Maradona en lo más alto del mundo.

Pelusa, charlemos un ratito. Maradona en lo más alto del mundo.

Ayer nomás, sí, hace 36 años, a sus 25, en una charla para El Gráfico en su casa de Villa Devoto, apenas unos días después de ponerle los cimientos y comenzar a edificar su condición de mito y cuando acababa de ser condecorado como Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Aquel 30 de junio había estado frente a una Plaza de Mayo colmada, descamisado y con la Copa en sus manos, y ese 7 de julio, apenas una semana después, estaba vestido con un traje italiano carísimo y a la medida de su figura, en ese living en semi penumbras aunque fuera un día de sol radiante, porque las persianas del ventanal que da a la calle Cantilo estaban discretamente entornadas.
Apenas pasaba, entonces, la luz del sol. De adentro hacia afuera se veían, eso sí, decenas de pares de ojos casi apoyados en el vidrio, escrutando. Y se escuchaba, nítido e invasivo, el murmullo. Todos los días, desde el final del Mundial, medio centenar de personas se apiñaban en el frente de la casona, en la vereda, sobre el jardín, junto a la puerta… ¿Qué buscaban, qué esperaban? “Y… verlo al Diego, pedirle un autógrafo”. Estaba el que se había venido desde el Chaco para entregarle una artesanía, el dibujante que quería que le firmara una ilustración gigante, los pibes que querían una camiseta y las pibas que le dejaban su número de teléfono. Y estaban ellos, Los Maradona, que apenas podían entrar y salir de su casa porque cada entrada y cada salida implicaba un operativo.
“Esto no se debe hacer por nadie, ni por Maradona ni por nadie”, me decía él, ya sentados en unos lujosos sillones de piel, con la cabeza apoyada en la palma de su mano, acodado sobre el respaldo y señalando vagamente con la vista hacia los ventanales cerrados. “Veo ahí gente grande, gente con sus chicos, y me cuesta entender. No sé, trato de ponerme en el lugar de ellos… En una de esas, de pibe, me hubiera parado en la puerta de la casa del Bocha, mi ídolo. Creo que es una cuestión de identificación, te gusta lo que hace un tipo y querés que lo sepa. Pero, igual, me da no se qué: mi familia no tiene la culpa de nada y están obligados a vivir encerrados. ¿Te digo la verdad? Me gustaría que la gente se equilibre, para festejar y para cuando la cosa viene mal. Vivimos pasándonos de un lado al otro y nunca encontramos la medida…”.

Maradona reflexivo, presente, sincero y sencillo.

Maradona reflexivo, presente, sincero y sencillo.

Nunca encontramos la medida, me decía aquel Maradona de 25 años, en la cumbre de su vida y de su carrera, agobiado por el amor y por el reconocimiento. “Amor como remedio, amor como veneno”, leo ahora a Ezequiel Fernández Moores. Y vuelvo a pensar en ese camino sin salida, del Diego que me respondía “que me quieran más” cada vez que le preguntaba “qué te falta” y que pensaba, ya desde entonces, que para ser Maradona, para seguir siendo Maradona, tenía que hacerle un gol a los ingleses todos los días. Y vuelvo otra vez a aquel Diego, que me respondió otra cosa, en aquel momento, cuando le pregunté qué le faltaba: “Un hijo. Cuando lo tenga, me vuelvo loco. No se, los chicos son lo más especial del mundo, los más sinceros, no tienen envidia. Me encanta ir a jugar a la pelota con mis sobrinitos o correr una carrera, que se yo… Ellos no lo hacen porque soy Maradona; lo hacen porque lo sienten”.
Mientras, el jardín del frente de la casa se iba destruyendo de a poquito. Se seguía sumando gente que ya invadía la mitad de la calle, mientras pasaba un camión de basura, o de algo, y desde allí le gritaban “Grande, Diegoooooo”.
Cuando retomó lo del balcón, y lo de sentirse presidente, me dijo que fue un chiste y confesó lo que en serio sintió: “Me senti muy cerca de la gente, quería agarrar una bandera y empezar a correr, acostarme un rato, descansar y seguir con la fiesta desde ahi. Se me aparecieron tantas cosas: Chitoro, la Tota, Fiorito, todo lo que soñé…”. Tal vez lo mismo que me respondería ahora, quién sabe, si hubiera podido a asomarse otra vez, por última vez, a ese mismo balcón.
Tota y Chitoro, por entonces, andaban por ahí. Ella, Tota, cebaba mate, mientras hacía algún comentario ácido sobre lo que veía al mismo tiempo en la tele (sólo alguien que nunca lo conoció puede decir, ahora, que la Tota no hablaba). El, Chitoro, miraba todo, a la tele y a su hijo, con una sonrisa perenne (si algún día hay que ponerle cara a la mansedumbre, que sea la de Chitoro).

Maradona y Chitoro, juntos a todos lados.

Maradona y Chitoro, juntos a todos lados.

“Para mi vieja, el amor que le pueda dar es mucho más importante que diez Copas del Mundo”, decía.  Lalo se había ido a entrenar y el Turco se iba en cualquier momento. Sonaba un teléfono y alguna de sus hermanas atendía para decir que no, que “Diego no está”. Pero Diego estaba ahí, más Pelusa que nunca a pesar del traje italiano. Feliz y orgulloso, a pesar del agobio amoroso. Tal vez por eso el título de aquella nota fue “Pelusa, charlemos un rato…”.
Mientras, el espectáculo de afuera era de comedia. Hasta un vendedor de pochoclo se hacía el día en la puerta de casa. Y empezaba a instalarse un puesto de choripanes. Pasaba un bus escolar y el “Maradooo, Maradooo” se escuchaba con voces finitas de chicos que hoy deben tener, ¿cuántos, 45 años, un poco menos, un poco más?, que tal vez hayan ido a la Plaza de Mayo ahora, a contarle a Diego cuánto lo querían.
¿Habrán ido esos dos chiquitos a los que Claudia les abrió la puerta y lograron entrar a la casa, al templo? Ni cuatro años tenían y entraron de la mano de su mamá. Diego jugó con ellos y se fueron. NI cuenta se dieron con quién había jugado: ellos jugaron con un señor a la pelota.
Le pregunté a Diego por qué lo había hecho, por qué los había dejado entrar. me respondió que los vio mirar todo por la ventana y se le hizo un nudo en la garganta. Me repitió que eso no se hacía ni por Maradona ni por nadie.
Ya estaba “sometido -vuelvo a citar a Segurola- al insoportable peso que significaba ser Maradona todos los días”.  Hasta el último, que en realidad vuelve a ser el primero.

Fuente: Daniel Arcucci – El Gráfico – Fotos: El Gráfico