“Este es el famoso River”, del periodista y escritor Andrés Burgo, se mete en rincones desconocidos de 125 años de historias que construyeron una leyenda.
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De River hay datos conocidos incluso por las personas a quienes el deporte no les roza ninguna fibra: es el equipo con más años, puntos y títulos en Primera División, identificado con un fútbol distinguido, base histórica de la selección y semillero de cracks. También es el club con más socios y dueño de un estadio en la vanguardia argentina. Pero otros asuntos son desconocidos hasta para sus fanáticos más fervorosos. Andrés Burgo, hincha afiebrado y autor de diversos libros sobre River, escribe en primera persona acerca de las pequeñas grandes historias que comenzaron hace 125 años, en 1901. ¿Cómo era nuestra primera pelota? ¿Por qué un árbol fue decisivo para que dejáramos de ser un equipo de amigos y comenzáramos a ser protagonistas? ¿Quién fue la primera seguidora que hizo de River su causa personal y colectiva, una pionera que abrió el camino a millones? Sin dejar de reconstruir equipos, jugadores y entrenadores emblemáticos, aunque sobre todo apuntando al recorrido en paralelo, “Este es el famoso River” propone un abordaje informal pero a la vez riguroso dentro del campo de juego, en las tribunas del Monumental y en los despachos de un club y un amor “que nacieron antes que nuestros abuelos y continuarán después de nuestros nietos”, dice el autor.
A continuación, LA NACION publica el primer capítulo de esta obra.

La primera hincha
Si un club nace con amigos, una pelota y una cancha, y luego comienza a progresar en lo deportivo con futbolistas y equipos sobresalientes y en lo institucional con dirigentes avispados, para la siguiente zancada, acaso la definitiva -ser parte de la sociedad, generar una comunidad, ofrecer una identidad-, finalmente necesitará hinchas. Como los panes y los peces en los Evangelios, nuestra multiplicación bíblica fueron los desconocidos que empezaron a seguir al cuadro fundado por los muchachos de Santa Rosa y La Rosales y reforzado por los empleados de comercio que jugaban en Nacional de Floresta. Esa popularidad creciente puede sintetizarse en la historia de Catalina Calamita, una inmigrante italiana de 26 años que vivía en La Boca y durante un caluroso domingo de finales de 1908 salió de paseo por los Bosques de Palermo junto a una amiga. Fue el 13 de diciembre, el día en el que nos jugábamos contra Racing el ascenso a Primera en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires -la actual sede Maldonado, enfrente del Hipódromo-, cuando Catalina se topó con una fiesta que desconocía, la del fútbol, ese universo de complicidades entre extraños. Ganamos 2 a 1, nuestra gente festejó con una invasión al campo de juego, ascendimos -o eso se suponía- y Catalina sintió una atracción que la hizo regresar, pero ya no como un albur de una salida dominguera sino como una hincha, al estadio de GEBA dos fines de semana después, el 27, cuando tuvimos que jugar de nuevo por una protesta de Racing. Volvimos a ganar -7 a 0-, subimos a Primera y Catalina terminó de hacerse nuestra.
Aunque su nombre no aparece en los libros de historia de River, aquella mujer de entonces 26 años debería ser considerada nuestra primera hincha incondicional, la que lideró el camino que repetiríamos los millones siguientes. La biografía futbolera de Calamita trascendió a través de un único reportaje que concedería -o del único que se tiene registro público- muchos años después, en enero de 1935, cuando a pesar de haber vivido más de un cuarto de siglo en Buenos Aires aún hablaba en cocoliche, una jerga que mezcla diversos dialectos de Italia con el castellano y que utilizaban a diario los inmigrantes italianos en Argentina, también muchos de nuestros jugadores. Fue entrevistada por Borocotó, un periodista mítico de la revista El Gráfico, que transcribió textualmente en ese argot todas sus respuestas: «Soy calabresa, de la provincia de Catanzaro -dijo Catalina, traducido al español-. Y vivía en La Boca. Un día salí a pasear con una amiga y vimos un montón de gente. Entramos a ver, le dije a mi amiga. Y vimos fútbol. Me gustaron los colores de River y desde entonces soy hincha. Hace veinte años. Fue cuando River le ganó un partido a Racing y después Racing lo protestó. Entonces, en la revancha, River le hizo siete goles. Para que se queden calladitos la boca».

Mientras Calamita comenzaba a ser una figura habitual en nuestras tribunas, casi en simultáneo, en 1912, se sumó a River Aureliano Gomeza, un muchacho de La Boca que era amigo de varios de los fundadores del club y que respondía al apodo de Machín, aunque también le decían Ñato «porque su nariz reclama dos pañuelos», escribió el propio Borocotó. Comenzó a jugar en inferiores, primero como defensor y después como arquero, sin que le sobrara destreza, por lo que su futuro no estaría en la Primera. Sin embargo, como pertenecer a la barra de amigos significaba un privilegio y era de esas personas queribles, entrañables -«positivas para el grupo», como suele decirse en el fútbol-— enseguida fue adoptado por los futbolistas, algunos años mayores que él. Gomeza se convirtió entonces en una compañía para el equipo y comenzó a seguir a River por todas las canchas. Ya desde 1916, en la previa de un triunfo 2 a 1 contra Boca -e incluso tal vez desde antes-, diversas fotos lo muestran formado junto a los futbolistas: son 11 deportistas y Machín de pie, con polera, saco, flor en el ojal y mirada solemne hacia la posteridad, como el doceavo jugador o el primer hincha.
«Yo era el más flojo de todos, ni con la nariz paraba a los rivales», diría años más tarde, aunque un día llegó a jugar en la Primera de River, un amistoso contra Estudiantil Porteño del 15 agosto de 1919 que perdimos 4 a 0. Como todavía no había entrenadores que se ocuparan de armar los equipos, es tentador suponer que Gomeza fue elegido por sus compañeros en reconocimiento a su lealtad. En todo caso, sí era habitual que jugara para nuestros equipos de Segunda, Tercera y, más tarde, en veteranos. Machín era tan querido que Porteño pretendió incorporarlo, pero nuestros jugadores lo amenazaron en el genovés -o cocoliche- que se hablaba en La Boca: «Nus ta naguen que amasen», es decir «si te vas a otro club, te mato», le dijo Arturo Chiappe, capitán del amateurismo.
No hay constancia de que Calamita y Gomeza se hayan conocido personalmente, pero es imposible que nunca se hayan cruzado en alguno de nuestros partidos. Eran de los que siempre seguían a River, aunque Machín cada vez más adentro del campo de juego, como un auxiliar del plantel. Calamita, en la tribuna, no tenía problemas en pelearse. Ya a finales de noviembre de 1927, en las últimas fechas del año, perdimos 2 a 0 contra Independiente como locales. No era un partido importante para la definición del campeonato -nosotros terminaríamos décimos y ellos, sextos, ambos lejos del campeón, San Lorenzo-, pero en las tribunas de nuestra cancha de Recoleta estaba, como siempre, Catalina. En su fervor, además, tenía tan pocos anticuerpos para digerir una derrota que, ante las burlas de una simpatizante de Independiente, comenzó a golpearla. No con sus manos sino a carterazos.
Aquella historia, como la del día que de casualidad se encontró con River, también puede reconstruirse a través de la entrevista de 1935 que El Gráfico tituló «Las hinchas», una crónica que focalizó en lo que no era habitual en un ambiente tan masculino: las mujeres que seguían a su equipo a todas las canchas. La fanática elegida de River fue Catalina y una de las preguntas apuntó a «aquel lío de los carterazos». Catalina se jactó de esa reacción: «Independiente guadañaba per do a cero y en toavía ina mochacha se estábano burlando de no altri. ¡Perca miserial… Propio, propio en la mía facha… ¡Y en la riostra canchal… Chapé la cartera e le sonno dato inda la testa, per esquifusa [schifosa, en italiano, significa «asquerosa, repugnante»]. Fu coando semo perdido per do a cero cueli partito que mereciamo ganare».
Catalina también se quejó de que River perdía muchos partidos «que merece ganar». Y habló, sin precisar rival -aunque fue contra Estudiantes en 1932-, de una vez en La Plata en la que «un diputado le puso el revólver en el pecho al árbitro y nos cobraron un gol». Y de un día en la cancha de San Lorenzo en el que, como el árbitro cobraba fuera de juego en todos los ataques de River, ella lo golpeó tras el partido. «¡Antunce io lo casqué!», dijo, en su jerga.
-¿Así nomás, doña Catalina? -le preguntó el periodista.
-Eco: per cochino. Ese referee non jugó nunca piú -respondió Catalina, con frases que no necesitan traducirse, y antes de haber acusado a San Lorenzo de «hipócritas del catolicismo».
-¿Usted no es católica?
-No lo soy y por eso me busqué un club que no se llama «santo» ni que va a la iglesia todos los días, como los de Boca -en lo que se supone una referencia a la frase «a llorar a la iglesia», tras lo que Borocotó agregó: «En cuanto nombró a Boca hizo un mal gesto»—.

Ya para esa altura, con el fútbol profesionalizado desde 1931, Machín había pasado a ser el masajista de Primera. Empezó como un «lavapatas» y aprendió a masajear piernas y a reacondicionar músculos de futbolistas agotados, pero sobre todo se ganó su confianza: fue el consejero de las primeras estrellas. En los años siguientes aparecería en decenas de fotos: es fácil reconocerlo por su nariz y por un buzo con la letra M, de masajista. A veces posando junto al equipo, como en el debut de Adolfo Pedernera, en nuestra cancha de Recoleta en 1935, próximos a partir al Monumental. Otras, festejando clásicos, como el triunfo ante Boca en 1939 con un equipo de juveniles apodados Los Guerrilleros, entre ellos un joven Ángel Labruna. Y también, ganando títulos. Uno de los momentos más radiantes de nuestra historia, el primer título de los tres campeonatos que festejamos en la Bombonera, en 1942, lo tiene como protagonista: acabábamos de salir campeones después de empatar 2 a 2 un partido que perdíamos 2 a 0 y los jugadores, en vez de elegir a Pedernera como el centro de los festejos —el autor de los dos goles—, lo levantaron en andas a él.
Machín también fue uno de los máximos confidentes del Labruna jugador y técnico: los hinchas de River solemos hablar del «verde césped» —en referencia al campo de juego— y del «manto sagrado» —por la banda que cruza nuestra camiseta— como dos frases matriculadas por Labruna, pero en verdad el ídolo se las había copiado a su compadre. «Cuando me hablaron de psicólogos para jugadores, yo recordé al mejor psicólogo que tuvimos en mis mejores años de jugador, aquel inolvidable Machín, a cuyo alrededor teníamos espíritu y mística», lo definió Carlos Peucelle, el primer gran futbolista que compramos, en 1931, el comienzo del cambio de fisonomía de River, siempre con Calamita y Machín como testigos.
Gomeza tendría hasta su muerte, en 1968, una jubilación soñada: fue el encargado de la concentración, en el primer piso del Monumental. De sus cosas fuera del club trascendió muy poco, una de ellas que vivía en el Bajo Belgrano con su hermana Pilar. Aquella entrevista de mediados de la década del 30 también había seña lado a Calamita, la primera fanática de River, como una persona con poca -o nula- vida sentimental y familiar: «Doña Catalina es sola. No tiene a nadie. Sus cariños de familia son unos pocos recuerdos amargos. River Plate es su único amor. Ha volcado sobre él todo su caudal afectivo. Con su cuadro sufre y goza; experimenta las emociones que constituyen su motivo de existencia. Si River muriera de golpe, doña Catalina no podría subsistir. Acompañaría a su club a la tumba. Tiene un único amor. En su piecita de la calle México, cuando come solita los domingos por la mañana, siente la alegría de esa adolescente que espera al novio o que irá en su busca. Doña Catalina marcha alegre al encuentro de ese novio que se llama River Plate», publicó El Gráfico a quien también puede referirse como una pionera de la «Gorda Matosas» una fanática -de nombre real Haydée Luján Martínez- muy reconocida entre los años 60 y 80.
Si ya desde entonces River es, entre tantas definiciones, la mejor compañía para muchos de nosotros, de Machín se supo además un último dato: que en sus últimos años regaló la guitarra que había usado para animar a los jugadores en cientos de noches previas a los partidos de River, también en las concentraciones de La Máquina, nuestra emblemática delantera de los años 40. El privilegiado fue el hijo de un matrimonio de amigos del barrio al que Machín invitaba tan seguido al club, al vestuario y a los partidos que terminó haciéndose de River, a pesar de que su padre era de Platense. Ese chico con inclinaciones artísticas se llamaba Luis Alberto Spinetta, uno de los artistas más influyentes del rock argentino, que comenzó a componer con la guitarra criolla de 1923 que recibió de Machín.
Spinetta adoptó como sus ídolos infantiles a Amadeo Carrizo, nuestro iconoclasta del arco, y a Roberto Zárate, el Mono, un delantero que bailaba sobre la línea izquierda del ataque en los años 50, pero su inspiración en el fútbol sería Norberto Alonso, el Beto, nuestro líder artístico desde inicios de los 70 y referente del Metropolitano 1975, el título que nos desembrujó de una maldición de 18 años. Al año siguiente, Spinetta -entonces en Invisible, una de sus legendarias bandas- compondría «El anillo del Capitán Beto», una canción que entraría entre los grandes mitos del rock argentino: ¿El Beto de la canción estaba inspirado en el Beto futbolista? La letra se presta al doble sentido porque uno de sus fragmentos dice «Ahí va el Capitán Beto por el espacio, la foto de Carlitos sobre el comando y un banderín de River Plate y la triste estampita de un santo» pero, según contó Spinetta -e incluso se lo dijo personalmente a su ídolo en una entrevista compartida-, nació con otro significado.
Eso sí: en su admiración por Alonso, el poeta musical se subió al escenario con una camiseta de River con el número 10 que le había regalado el propio Beto. Fue en un recital de Spinetta Jade, otra de sus bandas, en febrero de 1982, en el estadio de Temperley. Según recuerdan testigos, Spinetta le dijo al público «Esta casaca me la regaló Dios» o, palabras más palabras menos, «Me la dio el más grande», en referencia a un modelo de camiseta manga larga con cuello redondo, marca Olimpia, que solo usamos en dos partidos de 1981, uno de ellos ante Boca, un 1 a 1 en el Monumental, el 5 de julio. La historia de Spinetta había comenzado con Machín pero la de todos nosotros, en cierta forma, con Catalina Calamita. Somos sus hijos.
Fuente:LA NACION-Fotos:Andrés Burgos-JUAN MABROMATA-AFP-LA NACION Deportes- JR 















