Driussi entró para marcar el 1-0 por la Sudamericana; Vera salió con dolor en una rodilla y Quintero sufrió una molestia en un aductor.
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n noches con pocas luces, la efectividad puede ser un atajo para disimular defectos y carencias. No sobran futbolistas con ese don. En estos momentos lo posee Sebastián Driussi, que atraviesa por una racha muy positiva como goleador. Cuando a River le costaba salir de su confusión, el N° 9 lo sacó del atasco con un derechazo seco junto a un poste. Fue una irrupción en medio de la bruma que se respiró toda la noche en el Monumental.
Triunfo corto y esforzado por 1-0 contra Carabobo, que lo puso en más problemas de los imaginados. O River se metió solo en ellos a partir de un recambio en la formación que no funcionó. Eduardo Coudet, pensando en el superclásico del domingo frente a Boca, de arranque cuidó piezas de las que debió echar mano porque todo lo que no fuera una victoria contra los venezolanos hubiera empinado peligrosamente la cuesta de una clasificación en la que solo el primero de cada zona de la Copa Sudamericana pasa directamente a los octavos de final. El segundo deberá disputar un play-off con un tercero de la Copa Libertadores. De ahí la importancia del triunfo de anoche, tras el empate del debut contra Blooming.

El plan B de Coudet descendió varias letras en el abecedario a medida que avanzaba el partido. Para resolver el asunto fue necesario que ingresaran nombres de más peso: Driussi y Galván, mientras Moreno había sustituido antes de los 20 minutos al lesionado, una preocupación de cara al superclásico.
Demasiado estático e impreciso fue el comienzo de River. El mal estado del campo, producto de los recitales recientes, expuso aún más su deficiente traslado de la pelota. Pases que no tenían destinatario, controles de la pelota que se iban largo. River no se encontraba colectivamente, como si los ocho cambios que hizo “Chacho” Coudet con respecto a la formación inicial frente a Racing hubieran juntado a jugadores que se desconocían entre sí.
Si alguien imaginó que River iba a moverse cerca del área rival ya desde el comienzo, sucedió todo lo contrario. Carabobo adelantó las líneas y provocaba el error rival por la intensidad que le imprimía a los movimientos. A los 4 minutos provocó la amonestación de Pezzella por una falta contra Berrios cerca de la media luna.

No había circuito de juego en River ni coordinación entre las líneas. Solo una maniobra individual de Quintero, que tras gambetear a dos adversarios remató y dio en un defensor, se pudo anotar como una llegada en los primeros 10 minutos. A llegar el cuarto de hora sumó un factor extra de preocupación: Fausto Vera, tras forcejear con Berrios, cayó y enseguida sintió dolor en la rodilla. Fue atendido y siguió unos minutos, pero pidió el cambio y fue a sentarse al banco con una bolsa de hielo en la zona afectada. Sin precisiones sobre la gravedad de la lesión, ya podía catalogarse como muy negativo que uno de los tres titulares que mantuvo Coudet abriera un interrogante sobre su presencia en el superclásico. El entrenador no se mostró tan preocupado: “El médico me dijo que no era grave”. Lo reemplazó Aníbal Moreno, otro de los preservados para llegar en forma al domingo.
Hubo unos breves pasajes en los que River parecía sacudirse la modorra. Una corrida de Freitas por la derecha, favorecida por un defensor venezolano que se pasó de largo en el cierre, posibilitó el pase hacia adentro para Quintero, que no le entró bien a la pelota y facilitó la tapada del arquero Lucas Bruera, de gorra negra en la noche cerrada y lluviosa.
Fue la única llegada franca de River en todo el primer tiempo, al margen de algunos centros cruzados que no llegaron a inquietar. Carabobo se sentía cómodo, planteaba lucha en todos los sectores y en ninguno se veía inferior. Con las líneas muy estiradas, la defensa de River resolvía entre los apuros y las dudas de Pezzella, mientras Viña era el segundo amonestado, en otra muestra de las dificultades para manejarse con serenidad y firmeza.
Los hinchas habían ido a ver otra cosa y la inclemencia de la noche acentuaba el malhumor. La salida de los jugadores al descanso fue acompañada por silbidos. De la sorpresa inicial se había pasado a la disconformidad. Habitualmente enérgico en las indicaciones, Coudet se desgañitaba para hacer correcciones en la ubicación de los jugadores. En la pausa de hidratación alguien cerró el micrófono -habilitado por la Conmebol- para que no se escucharan los retos del Chacho.


-LA NACION Deportes – JR / AD













