Uno de los capítulos del libro “Este es el famoso River, 125 años”, que será presentado este sábado a las 18.30 en el Museo River, reconstruye la charla táctica y emocional entre el cuerpo técnico y los jugadores en el Santiago Bernabéu, cuando Boca ganaba 1 a 0 la final de la Libertadores 2018.
Fragmento del libro «Este es el famoso River, 125 años», de Andrés Burgo (Planeta, 2026).
River nació antes que nuestros abuelos y sobrevivirá después de nuestros nietos pero una parte capital de la historia y del futuro corrían riesgo de pasarse al lado oscuro después del 9 de diciembre de 2018: al descenso a la B Nacional de 2011 no podíamos sumarle una final de Copa Libertadores perdida contra Boca. Si el escritor portugués José Saramago dijo «Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, y eso es lo que realmente somos», una hipotética derrota nos habría trasladado a un bosque fantasma, por fuera de los mapas, un no-lugar parecido a «Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre, y eso es lo que realmente se habría roto». El partido de los siglos por todos los siglos, como lo definió el diario español El País, tenía destino de réquiem riverplatense cuando, tras los primeros 45 minutos, nos fuimos al descanso en desventaja 1 a 0. Darío Benedetto festejó su gol sacándole la lengua a Gonzalo Montiel, burlándolo, un gesto sin grandeza en el que también había algo de simbólico: la supervivencia se nos reía como hiena.
Cada tanto aparecen videos inéditos del 9 de diciembre pero hay un momento que nunca fue filmado y que, sin embargo, resultó determinante: qué ocurrió intramuros en nuestro vestuario durante el entretiempo, cómo fue ese encuentro de un cuarto de hora sin cámaras ni testigos externos en el que los jugadores y el cuerpo técnico cultivaron la templanza de espíritu y la claridad de conceptos suficientes para cambiar el eje de la historia en los 45 minutos siguientes. No había un River más confiable que ese pero también el hado de la desgracia parecía habernos tocado la puerta, y esta vez parecía traer una inyección letal.
Ya habíamos sobrevivido a la final de ida, en la Bombonera el 11 de noviembre, revirtiendo una doble desventaja con el gol de Lucas Pratto sacando desde el medio de la cancha y con el roce en contra de Carlos Izquierdoz tras una pelota detenida a cargo del Pity Martínez. También habíamos sorteado una de Misión Imposible contra Grêmio, en la semifinal de vuelta en Porto Alegre, el 30 de octubre, la noche en la que el propio Pity convirtió el penal más pesado de nuestros 125 años. Y más atrás, en la revancha por los cuartos de final contra Independiente, el 2 de octubre, también nos habíamos repuesto al empate de ellos que nos obligaba a ganar para contrarrestar el gol de visitantes —y así pasamos del 1 a 1 al 3 a 1—. El problema es que, luego del entretiempo de Madrid, solo quedarían 45 minutos y, en caso de no levantar el match point, quedaríamos al borde de nuestro Finisterre: en cierto punto, el mundo de River quedaría paralizado allí.
Los hinchas teníamos todo el derecho del mundo a parecer zombis o a consumirnos en la neurosis colectiva y, sin embargo, dentro del vestuario se estaba gestando una épica sencilla: a Boca se le ganaría a lo River, es decir con el fútbol colectivo y ofensivo que supimos construir a lo largo de nuestra historia, una bandera identitaria que Marcelo Gallardo rescató en 2014 y sabía cómo hacer flamear. Era, encima, el tercer partido consecutivo en el que el Muñeco no podía sentarse en el banco de suplentes ni entrar al vestuario. Primero había estado impedido en la revancha contra Grêmio, aunque igual se mandó de prepo al camarín visitante en el entretiempo de Porto Alegre para dar una charla técnica y espiritual que revirtiera lo que era una eliminación inminente: perdíamos 2 a 0 en el global. A la Bombonera, en la final de ida, no lo dejaron ni acercarse al estadio. Y ya en Madrid, aunque sí estaba en un palco del Santiago Bernabéu, no tenía permiso para acercarse a los jugadores. A cargo de la charla en el descanso, o sea de los 15 minutos que en buena parte determinarían los años siguientes, quedaron Matías Biscay y, detrás de él, Hernán Buján. Los asistentes del Muñeco sabían qué hacer. De hecho, ya habían enfrentado un desafío similar en la final de ida, en la Bombonera, también en desventaja, en aquel momento 2 a 1.
En España acabábamos de jugar 45 minutos por debajo de nuestro nivel, con mucha ansiedad, desacostumbrados también a un campo de juego demasiado veloz. Aquel Boca finalista era un gran rival —bicampeón de Primera División 2016-2017 y 2017/18—, como también lo habían sido en octavos de final Racing —campeón de la Superliga 2018/19—, en cuartos, Independiente —campeón de la Sudamericana 2017— y en semifinales, Grêmio —campeón de la Libertadores 2017—, pero sobre todo River había quedado en deuda consigo mismo. Ya de regreso a un vestuario adornado por una enorme bandera, llevada por Armani, de un Jesucristo envuelto en una túnica roja en diagonal, como si fuera una camiseta de River, y la frase «en ti confío», los ayudantes de Gallardo esperaron unos minutos para que los jugadores bajaran las revoluciones. Luego Biscay dio un puñado de instrucciones, sencillas pero claras: refrescó el método y el objetivo. Dijo que había que recuperar el control de la pelota pero enfatizó en ajustar los pases, en especial por los costados del ataque porque, cuando los conectáramos, el gol iba a llegar. Y que, cuando lo empatáramos, llegaría el segundo. Porque había que ganar. Y porque lo íbamos a conseguir. Pero el tema era calibrar los pases en ofensiva.

El grupo estaba comprometido: los jugadores creían en el cuerpo técnico porque Gallardo y los suyos solían anticiparles lo que después ocurría en el campo de juego. En el plan de juego original se había resaltado el peligro de darles espacios a los delanteros rivales, muy veloces, en especial Sebastián Villa y Cristian Pavón, pero también Benedetto. El gol de Boca, a los 44 minutos del primer tiempo, había llegado en un contraataque que tomó desprevenidos a nuestros diques defensivos tras un centro atrás del Pity Martínez con poca fortuna porque cayó en los pies de un rival, pero que también formaba parte de nuestra estrategia ofensiva: ataques por los costados y centros en retroceso para encontrar a un compañero de frente al arco y desactivar la fórmula defensiva de Boca, que sabía cómo protegerse dentro de su área, pero que dejaba huecos en la medialuna.
Ya desde los 15 minutos del segundo tiempo, luego de los cambios que Gallardo ordenó desde el palco vía mensaje por Paddle Watch hacia el banco de suplentes, el equipo terminó de acomodarse, Enzo Pérez pasó al comando del medio y el empate se alimentó de esa receta, la de los pases y el centro atrás: Juan Fernando Quintero para Ignacio Fernández, conexión con Exequiel Palacios, pared con Nacho, desborde profundo por la derecha y pase en retroceso para el gol de Lucas Pratto, entre el punto del penal y la medialuna, ante el arco vacío. El segundo gol, el de Juanfer, sería el más importante, y el tercero, el del Pity, el más icónico, pero el gol con el sello histórico de River fue ese, el primero: habían pasado 23 minutos desde la charla técnica en el entretiempo, esa prédica de pases y más pases.
También nuestros jugadores sabían que Barrios acumulaba faltas cuando quedaba en desventaja numérica y efectivamente, ya en el alargue, a los 2 minutos, el colombiano fue expulsado tras haber recibido una segunda tarjeta amarilla. Y cuando la máquina de pases y ataques por los costados terminó de funcionar, como si todo siguiera un guion escrito y el sufrimiento del entretiempo no hubiera sido más que el dramatismo necesario que todo final feliz necesita, al primer gol le siguió el segundo, ya a los 3 minutos del segundo tiempo suplementario. De un lado para el otro, como un bandoneón, empezó Juanfer por la derecha, recostó sobre Milton Casco sobre la izquierda, desbordó el Pity y, tras un rechazo del arquero hacia el centro, la siguió Enzo otra vez para Quintero, que arrancó esta vez por derecha con Julián Álvarez, que habilitó a Camilo Mayada, y el lateral uruguayo, en vez de sacarse el centro de encima y mandar un «ollazo», vio cómo el colombiano había retrocedido para encontrar el hueco, el lugar donde Boca no bloqueaba, justo en las puertas del área. Mayada hizo conexión y Juanfer fabricó el zurdazo de todos los siglos, la coronación a la receta que hacía menos de una hora había refrescado Biscay, a su vez basado en el recetario de Gallardo.

Quienes vivieron desde cerca o desde adentro el comienzo del ciclo del Muñeco habían advertido ya en las primeras señales, incluso en la pretemporada inicial a mediados de 2014 en Estados Unidos —pocos lo recuerdan, pero el primer amistoso fue contra el Fort Lauderdale Strickers, el 9 de julio, y ganamos 3 a 0 con dos goles de Osmar Ferreyra y uno de Federico Andrada, dos jugadores que luego no formarían parte del plantel—, que se estaba gestando un equipo distinto al resto: un monstruo de mil victorias. A un técnico con el ADN del club y el aura lleno de colores se le sumaban jugadores que, más que querer ganar, necesitaban hacerlo. Jonatan Maidana —el cacique al que luego Leonardo Ponzio elegiría diciendo «si tengo que llevar uno a la guerra, es a Maidana»— ya había sobrevivido al descenso y al año en la B Nacional, y también había sido campeón del Torneo Final 2014, pero igual tomó carrera para ganar seis de los siete títulos internacionales del ciclo Gallardo, la Copa Sudamericana 2014, las Libertadores 2015 y 2018, la Suruga 2015 y las Recopas 2015 y 2016 —solo faltaría a la de 2019, entonces en Toluca de México—. Rodrigo Mora, Carlos Sánchez y el propio Ponzio, que no eran tenidos en cuenta por Ramón Díaz, también olieron la sangre de la revancha personal.
Gallardo le sumó pragmatismo a su vocación ofensiva. Si tenía que plantar un equipo de combate, como en la semifinal de ida de la Copa Sudamericana ante Boca en la Bombonera, el 20 de noviembre de 2014 —Teo Gutiérrez estaba suspendido y fue reemplazado por Giovanni Simeone—, lo hacía: había parido un River de dos cabezas, uno que podía jugar como siempre pero también como nunca, robándole la identidad combativa a Boca, comenzándolo a desquiciar. Aquel 0 a 0 en la Bombonera fue visto, puertas dentro del vestuario, como la confirmación de un River fuerte ante las adversidades, incluso con una versión mejorada en las difíciles. Porque si los jugadores tenían que entregar un plus para responderle a su técnico afectado por una desgracia familiar, como la muerte de su madre horas antes de la revancha en el Monumental, el 27 de noviembre, también lo hacían. Al 1 a 0 a Boca con el gol de Leonardo Pisculichi le seguiría dos semanas después, el 10 de diciembre, el 2 a 0 en la final a Atlético Nacional de Medellín y la Sudamericana en alto, el primer título internacional que ganábamos en 17 años —desde la ya lejana Supercopa 1997— y el primero de los 14 títulos que acumularíamos en el ciclo Gallardo.
Cambiarían algunos nombres, se irían futbolistas (el propio Pisculichi), llegarían otros (por ejemplo Ignacio Scocco o Javier Pinola) y debutarían pibes (Gonzalo Montiel o Exequiel Palacios), pero nunca dejó de ser un River comprometido y solidario. Entre miles de imágenes que formaron parte de los 424 partidos oficiales del primer ciclo de Gallardo, distribuidos entre el 0 a 0 ante Ferro del 27 de julio de 2014 por la Copa Argentina 2014 hasta el 2 a 1 a Racing en Avellaneda del 23 de octubre de 2022 por el cierre de la Liga Profesional, tal vez la jugada que mejor sintetizó ese espíritu mosquetero de uno para todos y de todos para uno fue en la semifinal de la Libertadores 2018, ante Grêmio en Porto Alegre. Ya en los últimos segundos de los 14 minutos que adicionó el árbitro uruguayo Andrés Cunha tras el penal convertido por el Pity, Pratto retrocedió hasta el área de Armani para defender nuestro triunfo más grande en tierras brasileñas y, como si fuese un defensor, rechazó de chilena en la acrobacia más solidaria.
También es cierto que, más allá de la personalidad del equipo en las más bravas, la técnica de los jugadores y la charla técnica de Biscay, a veces el fútbol también es un fenómeno estocástico que se define en el azar. Ocurrió, por ejemplo, sobre el final de los 120 minutos el 9 de diciembre, ya en el alargue, cuando ganábamos 2 a 1 y un remate de Leonardo Jara se estrelló en el palo derecho de Franco Armani y el rebote, en vez de terminar en gol, salió por la línea de fondo. Aunque el 30 de marzo de 2014 ganamos 2 a 1 en la Bombonera después de 10 años con un gol de Ramiro Funes Mori que pasó a la memoria como el «No fue córner», esta jugada agónica de Madrid debería haber sido la verdadera «No fue córner»: el árbitro en Madrid, otra vez Cunha, sancionó un tiro de esquina que no había existido y le dio una última chance a Boca que, en todo caso, terminó con el gol del Pity Martínez para el 3 a 1 final, esta vez de contraataque. Una cuestión de centímetros evitó un cataclismo: que, con 9 contra 11 por la expulsión de Wilmar Barrios y la lesión de Fernando Gago, Boca nos llevara a los penales, ese desempate que nos trata con desamor.
Pero la historia, en gran parte, había cambiado en esa reunión de 15 minutos entre jugadores y cuerpo técnico que nunca vimos ni veremos. En Madrid confirmamos algo que ya sabían nuestros abuelos y que también sabrán nuestros nietos. Que todo lo que hay dentro nuestro tiene nombre y se llama fútbol.
Fuente:
Andrés Burgo – Fotos: Laurence Griffiths/Getty Images – Matthias Hangst/Getty Images – Gonzalo Arroyo Moreno/Getty Images
– JR 















