Mundial 1987: una aventura que propició la expansión global del rugby y la apertura al profesionalismo, con fracaso argentino incluido.
El certamen ganado por los All Blacks marcó un punto de inflexión; cómo resultó la experiencia, los cambios que sufrió la competencia y la enorme desilusión argentina.
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Eran épocas en que las mangas de la camiseta se recortaban con tijera y en que los jugadores se entrenaban con indumentaria propia. En que el try valía cuatro y para patear a los palos se hacía un pocito en el suelo. Épocas en que cobrar por jugar estaba prohibido so pena de ser excomulgado. El rugby en 1987 era muy distinto al de hoy. Pero era también una época en que las cosas empezaban a cambiar. Faltaba todavía un tiempo para que se abrazara al profesionalismo y un abismo lo separaba del carácter global y ultramarketinero que alcanzó en la actualidad. El primer Mundial de la historia, disputado ese año, ofició como un pistón que aceleró la transición y fue el germen de la expansión que experimentó a partir de entonces. Para el rugby argentino también fue un período de quiebre, aunque lejos del auge que sacudió al resto del planeta ovalado, comenzó a retroceder.
El Mundial de rugby de 1987 fue coorganizado por Nueva Zelanda y Australia, aunque la gran mayoría de los partidos se jugaron en tierras maoríes. Se trató de un certamen experimental, ínfimo al lado del megaevento en que rápidamente se transformó hasta convertirse en la tercera competencia deportiva del mundo en cuanto a movimiento de dinero y audiencia, detrás del Mundial FIFA y los Juegos Olímpicos.
Los Pumas, que entre la segunda mitad de los 70 y primer lustro de los 80 habían logrado meterse en el concierto internacional con buenos resultados ante las potencias y vivía un auge de popularidad en el país, pagaron por la falta de experiencia y algunas rencillas desavenencias internas (¿cuándo no?) y estuvieron lejos de cumplir con las expectativas: se quedaron afuera en primera rueda a pesar de integrar, a priori, una zona accesible.
Después de 164 años de historia, tomando como fecha de nacimiento el mito de que el joven inglés William Webb Ellis durante un partido de fútbol tomó la pelota con las manos y cruzó la línea de meta para marcar un gol, el rugby finalmente se decidió a organizar un Mundial. El de fútbol, por ejemplo, había comenzado en 1930 y ya llevaba 13 realizaciones. Lo siguieron, entre los deportes más populares, el de handball en 1938, el de voleibol en 1949, el de básquetbol en 1950 y el de cricket en 1975. Hasta el rugby league, la némesis profesional del rugby union, tenía su gran cita desde 1954. La copa llevó el nombre de aquel estudiante de la Rugby School.
Cómo se gestó la organización
Pese a la insistencia de Nueva Zelanda, Sudáfrica y Australia, que comenzaron a bregar por la realización de un Mundial desde los años 50, el conservadurismo de las llamadas Home Nations (Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda) más Francia, que tenían su propio torneo ecuménico con el Cinco Naciones, se oponía temeroso de que se rompiera el statu quo. Entre los ocho conformaban el International Rugby Football Board (IRFB, luego IRB, hoy World Rugby), el órgano que dicta los destinos del rugby. El resto miraba de abajo.
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Sin embargo, la cortina de hierro que blindaba al rugby del profesionalismo empezaba a permear. Por ejemplo, jugadores reconocidos comenzaron a tener contratos publicitarios. Según el escritor Huw Richards en su libro A game for hooligans, en la gira de 1981 por Sudáfrica de los Cavaliers, un seleccionado de Nueva Zelanda no reconocido por la unión de ese país ante las protestas anti-Apartheid, los jugadores recibieron 100.000 dólares neozelandeses (unas 35.000 libras). En Australia no le encontraban la solución a la fuga de jugadores al rugby league profesional.
La gota que colmó el vaso fue el rumor de que, en abril de 1983, el empresario australiano David Lord, con el aval del magnate de los medios Rupert Murdoch y, según una leyenda nunca corroborada, el de Coca-Cola, había contratado a 203 jugadores por 100.000 libras por año para armar una liga profesional con ocho equipos. Dos meses más tarde, la IRFB convocó a sus miembros a una reunión de emergencia para analizar la posibilidad de organizar un Mundial para contrarrestar esta amenaza. Aunque el veredicto no fue favorable, al año siguiente le encomendó a Nueva Zelanda y Australia que realizaran un estudio en profundidad sobre su factibilidad y en 1985 aprobó, por 10 votos contra seis (cada miembro tenía dos votos), la realización del primer Mundial de rugby para 1987, con Nueva Zelanda y Australia como sedes y sin la presencia de Sudáfrica, en reprimenda a su política segregacionista.
Para llegar al número de 16 equipos no existió un proceso clasificatorio, sino que se invitó a nueve países, entre ellos la Argentina, que pasaron a ser miembros de la IRFB aunque sin derecho a voto. Pese a que la organización era compartida, la gran mayoría del Mundial se jugó en Nueva Zelanda, incluidos el partido inaugural y la final, mientras que Australia sólo albergó los partidos de una zona (la del seleccionado local), dos de cuartos de final y las dos semifinales.
«Era todo mucho más rudimentario de lo que es hoy. Nos alojábamos en moteles de Nueva Zelanda, de un piso. Entrenábamos en clubes con pelotas y nada más, ni un cono había.»
Gabriel Travaglini, presidente de la UAR
Para el Mundial de Australia 2027 World Rugby prometió cambiar la política de conformación de grupos que emplea desde 2007: los mismos se sortean casi tres años antes del certamen con los 12 equipos directamente clasificados (los ocho cuartofinalistas de la edición anterior más el tercero de cada zona), sin conocer a los restantes y en función del ranking mundial de ese momento, que puede variar mucho en ese lapso generando desigualdades como la que se producirá en Francia 2023, donde los cuatro mejores se eliminarán entre sí en cuartos de final. No es un capricho, sino que responde a la necesidad de tener prefigurado el calendario lo antes posible para favorecer el turismo internacional.
Tildarlo de improvisado es exagerado, pero la logística del Mundial de 1987 dista años luz de cómo se configura en la actualidad. Huw Richards lo calificó como “a glorious traveling party” (una gloriosa gira festiva). Los jugadores argentinos que participaron coincidieron en que, en lo que se refiere a la organización, no difirió demasiado de lo que eran las giras de entonces, que incluso duraban alrededor de un mes y tenían más partidos.
“En el 79 fuimos a Nueva Zelanda y estuvimos 40 días para jugar dos Test Matches y cinco partidos provinciales”, recuerda Fernando ‘Pope’ Morel, pilar de aquel equipo, con nueve años de carrera en los Pumas. “Energética y anímicamente era como una gira de las que hacíamos en esa época. Los traslados, los hoteles, las comidas, los entrenamientos… todo igual. El hotel era muy aburrido, estábamos muy metidos adentro”.
“A la organización la recuerdo como algo muy sui generis”, aporta el hooker Diego Cash. “Fuimos el primer equipo en llegar a Nueva Zelanda. La sensación fue de bajar del avión y no ver nada vinculado con el Mundial. Después fuimos a Hamilton, era como entrenar en Parque Camet: despojado, abierto, sin ningún tipo de control. El día anterior a jugar con Fiji fuimos a la cancha; supuestamente no había posibilidad de que un fijiano pisara el estadio, cosa que no sucedió. No había ningún control. Todo el espíritu era demasiado amateur. No existían protocolos sobre los cuales registrar experiencia y modificarlos y mejorarlos. Los hoteles estaban bien, pero eran muy básicos, muy rústicos. Era un lodge más que un hotel”.
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Gabriel Travaglini, tercera línea de ese Mundial y actual presidente de la UAR, fue más allá: “Era todo mucho más rudimentario de lo que es hoy. Nos alojábamos en moteles que teníamos buenas estructuras, pero eran los típicos moteles de Nueva Zelanda, de un piso. Entrenábamos en clubes con pelotas y nada más, ni un cono había”.
Los argentinos, por ejemplo, tenían dos juegos de camisetas, short y medias para jugar, pero para entrenarse cada uno se vestía con su propia indumentaria, la misma con la que se entrenaban en sus clubes.
El impacto neozelandés, el fracaso argentino
En donde el certamen sí marcó su impronta y comenzó a prefigurar el potencial que tenía a futuro fue en la adhesión del público. Fue clave que se realizara en un país donde el rugby es religión y en un momento de auge popular merced al poderío de aquellos All Blacks. Lo que al inicio fue una apuesta polémica y cuestionada por Australia de utilizar pequeños estadios en comunidades marginales, resultó un acierto. Por ejemplo, los 7000 espectadores que prácticamente colmaron el pequeño McLean Park de Napier (donde los Pumas jugaron ante los All Blacks en 2014) para presenciar Canadá vs. Tonga configuraron un espectáculo mucho más atractivo que los 2000 que estuvieron en Pumas vs. Italia en el colosal Lancaster Park de Christchurch, hoy demolido luego de los daños que le provocó el terremoto de 2011.
«Fue un Mundial emocionante. Había una euforia y un clima rugbístico tremendos. Un ambiente realmente ovalado, como son los neozelandeses. Para la Argentina fue un fracaso deportivo sin otro título ni otra explicación. Estábamos haciendo cuentas sobre qué cruce nos tocaba en cuartos de final, con la posibilidad de que fuera Escocia y llegar a semifinales.»
Gustavo «Tati» Milano, tercera línea de los Pumas
“Fue un Mundial emocionante. Había una euforia y un clima rugbístico tremendos. Un ambiente realmente ovalado, como son los neozelandeses”, recuerda el segunda línea del Jockey de Rosario Gustavo ‘Tati’ Milano. “Recuerdo especialmente la cena inaugural. Fue extraordinaria. En una mesa estaban todos los planteles junto con leyendas que habían convocado del rugby mundial como Sid Going, Gareth Edwards, Phil Bennett, Colin Meads… había como 2000 personas y se le otorgó un cap a cada uno de los jugadores participantes. Lástima que para los miles de argentinos que se fueron hasta allá resultó una desilusión. Había clubes enteros de giras en las que habían organizado amistosos con equipos de cualquier nivel, del norte, del sur… Para la Argentina fue un fracaso deportivo sin otro título ni otra explicación”.
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Los Pumas llegaron al Mundial con altísimas expectativas y se quedaron afuera prácticamente en el primer partido. Dos años antes nada más habían empatado un Test Match con los All Blacks y habían estado a centímetros de ganar el otro. En la década previa habían alcanzado hitos sin precedentes para una nación que estaba al margen de los países centrales, como victorias ante Francia, Australia y Sudáfrica (ésta bajo la denominación de Sudamérica XV) y dos empates ante Inglaterra. El año anterior habían tenido que mudarse de la cancha de Ferro a la de Vélez ante la euforia que había despertado en la afición. “Estábamos haciendo cuentas sobre qué cruce nos tocaba en cuartos de final, con la posibilidad de que fuera Escocia y llegar a semifinales”, recuerda Milano, que se jacta de haber jugado con el try valiendo tres, cuatro y cinco puntos. “Al primer partido quedamos eliminados”.
¿Qué sucedió? Las justificaciones que dan los ex Pumas consultados por LA NACION son diversas, pero ninguno pone excusas. Para Sebastián Salvat, la falta de experiencia en cómo preparar un Mundial fue determinante. “Fue todo muy repentino, a todos nos agarró de sorpresa. Estábamos asombrados con el proceso de preselección de la UAR, que como seis meses antes empezó con un grupo de 50 un trabajo desgastante de preparación física”, recuerda vía telefónica desde Estados Unidos, donde está radicado. “Para nosotros era algo extraordinario, fuera de lo normal. Llegamos cansados y abatidos mentalmente por el proceso preliminar”.
Para esa oportunidad, la UAR contrató al preparador físico Luis Barrionuevo, un innovador que trabajó en los años gloriosos de Banco Nación y luego haría lo propio con Las Leonas en el hockey. Pero sus métodos no convencieron a todos y fue cesado a mitad de camino.
«No sabíamos a qué íbamos. Se probaron cosas nuevas sin saber si eran buenas o malas. Cambiamos las consignas que veníamos haciendo antes. Era prueba y error. Vino un americano que trabajaba con alimentación, un quarterback que le daba lecciones a Diego Cash de cómo tirar el line-out… una locura. Corríamos 10km por día. A mí me hicieron subir varios kilos y yo no estaba cómodo con el peso.»
Fernando «Pope» Morel, pilar de los Pumas
“No sabíamos a qué íbamos. Se probaron cosas nuevas sin saber si eran buenas o malas”, recuerda Pope Morel. “Cambiamos las consignas que veníamos haciendo antes. Era prueba y error. Vino un americano que trabajaba con alimentación, un quarterback que le daba lecciones a Diego Cash de cómo tirar el line-out… una locura. Corríamos 10km por día. A mí me hicieron subir varios kilos y yo no estaba cómodo con el peso.”
Cash, que también estuvo en 1991 como jugador y en 2003 y 2007 como entrenador de scrum, aporta otra mirada: “Yo incrementé mi peso de 93 a 102 kg durante la preparación e igualmente volaba. A pesar de ello, costó mucho amalgamar al equipo. Creo que en todas las situaciones previas donde iban quedando jugadores afuera nos golpearon anímicamente”.
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La dupla técnica, Ángel ‘Papuchi’ Guastella y Héctor ‘Pochola’ Silva, se inclinó por un mix de jugadores experimentados y otros que hacían sus primeras armas. Había siete que no habían tenido su bautismo de fuego en el seleccionado y otros seis con tres o menos caps. Según Milano, esto fue porque tenían un XV en la cabeza y no querían generar resquemor entre los que no jugaran. No obstante, el desgaste y las lesiones obligaron a una rotación profunda. El grado de improvisación fue tal que para el partido con los All Blacks, ante la lesión de Fabio ‘Aguja’ Gómez, se convocó como medio-scrum suplente a Marcelo Faggi, que se encontraba de gira por Nueva Zelanda con Estudiantes de Paraná.
Un mazazo: la derrota con Fiji
“Había jugadores que tendrían que haber ido y no fueron. Habíamos perdido consistencia como equipo”, afirma Morel. Entre los marginados se cuentan a Ernesto Ure, Tomás Petersen, Bernardo y Javier Miguens, Sandro Iachetti, Daniel Baetti, Marcelo Loffreda, Alfredo ‘Bambi’ Soares Gache, Andrés ‘Perica’ Courreges o Alejandro ‘Chirola’ Scolni. El capitán era Hugo Porta, una figura de relieve internacional todavía vigente a los 36, acompañado de otros pilares como Eliseo ‘Chapa’ Branca, Jorge Allen y Diego Cuesta Silva, además de los entrevistados en esta nota.
Salvat (20 años entonces) fue uno de los jóvenes promocionados por Guastella y Silva. En su caso, terminó representado a los Pumas en 37 Test Matches y llegó a ser capitán en el Mundial de Sudáfrica 1995. Pero fue una excepción dentro de un recambio que no resultó, ya que muchos de esos jóvenes no volvieron a vestir la celeste y blanca.
En el proceso de preparación, los Pumas se enfrentaron regularmente a clubes locales o seleccionados provinciales. En cambio, Fiji jugó un nuevo certamen llamado South Pacific Championship con las principales provincias de Nueva Zelanda (Canterbury, Auckland, Wellington) y Australia (New South Wales y Queensland), que fue la génesis del Super XII, luego Super Rugby.
Los mejores tries del Mundial 1987
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Los mejores tries del Mundial 1987
En el debut, Fiji sorprendió a los argentinos y al mundo con su juego dinámico y atrevido y se impuso por 29-8 en Hamilton. Una anécdota que relata Travaglini refleja la confusión que reinaba en seleccionado: “En esa época todos empezaban a patear con arena. Hugo [Porta] estaba acostumbrado a hacer un pocito y quiso cambiar. En el primer intento no levantó la pelota ni 30cm del suelo. La derrota fue un shock emocional muy duro. Después de eso fue difícil jugar”.
Si un año antes el equipo de Bilardo había sido el primer equipo en llegar a México y el último en irse, los Pumas fueron los primeros en llegar a Nueva Zelanda y los primeros en volverse a casa. “Fue como un knock-out del cual nos costó salir y a partir de esto, el ánimo y la convivencia fueron muy duros”, relata Cash. “Fue como un golpe en el medio del esternón que nos dejó sin aire.”
Se repusieron venciendo a Italia en la segunda fecha, 25-16 en Christchurch, aunque todos admiten que sin jugar nada bien. El triunfo de la Azzurra ante los fijianos les dio a los argentinos una última chance de pasar a cuartos: en la última fecha, en Wellington, debían marcarles tres tries a los All Blacks. Ante un equipo que ya se mostraba invencible, sólo pudieron cruzar el in-goal una vez, por intermedio de Juan Lanza. Fue derrota 46-15.
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En semifinales, Francia sorprendió en Sydney a uno de los favoritos como era Australia gracias a un try de Serge Blanco sobre el final (30-34), considerado uno de los mejores partidos en la historia de los locales. En la definición, no obstante, Philippe Sella y compañía nada pudieron hacer ante el poderío de los All Blacks. El paso del tiempo lo reivindicaría como uno de los mejores equipos de la historia: el capitán David Kirk, John Kirwan, Michael Jones, Buck Shelford, Gary Whetton, Sean Fitzpatrick, Zinzan Brooke, Grant Fox, Kieran Crowley… un verdadero Dream Team. El Eden Park de Auckland, repleto con 48.000 espectadores, vivió una jornada gloriosa con la victoria local por 29-9. El primer Mundial de la historia había resultado un éxito.
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Después del de 1987 todavía habría dos mundiales bajo el yugo del amateurismo: el de 1991, jugado en las Islas Británicas, Irlanda y Francia, y el de 1995, en Sudáfrica, que marcó el regreso de los Springboks al plano internacional finalizado el Apartheid. Pero el rugby argentino, todavía más conservador que las Home Nations, tardó varios años más en aggiornarse. Aferrarse al amateurismo agrandó la brecha respecto de las potencias y a los Pumas les tomó 12 años volver a ganar un partido en un Mundial, racha que se cortó en 1999 con el paso a cuartos de final por primera vez.
En 2019, World Rugby organizó su noveno Mundial. La sede elegida fue Japón, un país cuyo seleccionado sólo había ganado uno de 24 partidos disputados hasta 2015 (ante Zimbabwe en 1991). Esta vez llegó a cuartos de final, prueba cabal de que la expansión global del rugby era un hecho. La asistencia fue de 1,7 millones de espectadores en los estadios y 857 millones lo vieron por televisión; la recaudación alcanzó los 326 millones de dólares y el impacto en la economía del país asiático se calcula en 5430 millones, según un informe de la consultora Ernst & Young.
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El certamen que comienza el 8 de septiembre próximo en Francia promete quebrar todos los récords y se anticipa como el mejor de la historia. Treinta y seis años después, el Mundial es un evento multimillonario, con una audiencia sideral. Todo empezó con aquel cauteloso experimento de 1987.
Fuente: Alejo Miranda PARA LA NACION – Fotos: Archivo – DIEGO SPIVACOW / AFV – Ross Land – Getty Images AsiaPac – Russell Cheyne – Getty Images Europe – Getty Images – Hulton Archive – LA NACION Deportes – Video: LA NACION Deportes
















