Cacho Merlos, Martín Zubía, Cristian Laprida y Eduardo Novillo Astrada tuvieron una temporada mágica cuando nadie lo esperaba.
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Marzo de 1987. Palm Beach. Durante una cena en medio de la temporada estadounidense de polo, Eduardo Novillo Astrada compartía la mesa con un ex rival muy especial, con quien unos meses antes había protagonizado uno de los partidos más importantes de su vida en el Abierto de Palermo: el mexicano Carlos Gracida, delantero de La Espadaña, que sería el equipo de la década. Y se producía un diálogo llamativo…
–Nos pasaron por arriba, Carlitos.
–¡Yo tenía pánico de La Aguada! Eran el mejor equipo de la temporada. Te digo, íbamos ganándoles por seis goles y yo seguía repitiendo caballos en vez de cuidarlos para la final. Y Ernesto (Trotz) lo mismo: jugó su mejor yegua tres chukkers ese día.
El partido en cuestión era la definición de zona del Campeonato Argentino Abierto 1986, certamen que curiosamente no ganaría ninguno de los dos. ¿Por qué era tan especial el choque? Porque La Aguada estaba rompiendo todos los pronósticos. Algo raro en el polo de alto handicap. Había tres candidatos: La Espadaña, Indios Chapaleufú e Indios Chapaleufú II. Pero “el equipo” hasta ahí se llamaba La Aguada. Que, encima, estaba invicto: había triunfado en siete de sus ocho cotejos, más un empate. El equipo “chico” que de pronto alcanzó un respeto inimaginable. Y que avala la teoría de que no siempre todo es ganar…
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La Aguada tiene sus orígenes en Embalse Río Tercero, Córdoba. Las aguadas son vertientes de agua naturales que brotan de la tierra y son bebidas, preferentemente, por la hacienda. Julio Novillo Astrada, Iaio para todos, padre de Eduardo y Julio, fue quien bautizó con ese nombre a las tierras heredadas por su madre en los años 20, aproximadamente unas 4000 hectáreas. Muchos lindos recuerdos de los tiempos de juventud para la familia. Pero el patriarca pensaba con visión futurista. Quería que sus hijos y sus nietos tuvieran un sitio más cercano en los alrededores de Buenos Aires para practicar el deporte que lo fascinaba: el polo. Por ese motivo, adquirió terrenos en la zona de Open Door, donde en 1963 se fundó La Aguada Polo Club. Los Novillo Astrada son pioneros en esa zona donde tiempo después afloraron otros emprendimientos.
La historia del club que en 2003 conquistó la Triple Corona y estaba integrado por cuatro hermanos (Javier, Eduardo -h.-, Miguel e Ignacio), con el abuelo en la platea y su hijo Eduardo en los palenques, es más reciente y sobre todo, conocida. El equipo de hermanos que conseguía lo que no habían logrado los favoritos de la gente: los Heguy de Chapaleufú (Bautista, Gonzalo, Horacito y Marcos). Pero mucho antes de aquel año mágico y exitoso, La Aguada escribió un capítulo más humilde, aunque conmovedor: le dio batalla a los favoritos, amenazó con desbancar al entonces bicampeón de Palermo (La Espadaña) y se ganó las simpatías de la gente. Una alineación que se había presentado en sociedad en 1984 y que cumplía su tercera temporada. La mejor. Por lejos.
Un equipo balanceado, con un 2 inventado
Cada uno con sus historias personales y de edades distintas: los maduros y los de casi 30. Héctor “Cacho” Merlos (42) había conquistado dos veces Palermo con Santa Ana, la última en 1982, pero quedó fuera del equipo cuando en el 84 entró Carlos Gracida. Y todavía tenía resto: era un N° 1 goleador, peligroso, vivo, tácticamente inteligente. Dentro de la cancha, “tenía calle”
Martín Zubía (28) había salido de Trenque Lauquen hacia Inglaterra, llevado por Héctor Barrantes, diez años antes, allá por 1976. “¡No sabía ni jugar al polo! Taqueaba, digamos que revoleaba el taco en el campo”. Robusto, con mucha garra, si algo no le faltaba era actitud. “Una vez que arranqué, nunca más agarré un lápiz”, reconoció.
Cristian Laprida (28) era un proyecto interesante, sin demasiada experiencia en torneos grandes, pero con una pegada que llamaba la atención. Ágil, resolutivo, con criterio para resolver la mejor ecuación de juego en la zona media.
Eduardo Novillo Astrada (38), el hacedor del grupo junto con Merlos –eran los de mayor experiencia–, venía de una linda etapa en Nueva Escocia junto al Gordo Eduardo Moore y también pasó por Los Cóndores y La Toca. Back clásico, alto, de buenos recursos técnicos y muy prolijo. “Si tengo que mostrarle a alguien un modelo de back, ese es Taio”, lo describió alguna vez Alberto Pedro Heguy.
Comenzaron con Merlos de 1, Laprida de 2, Novillo Astrada de 3 y Zubía de 4. En el 84 sacaron a Santa Ana de la final de Palermo al empatarle 10-10 en la última fecha; en el 85 vencieron a Chapaleufú en la apertura de Hurlingham (13-12). Pero algo no cerraba. “Probemos otra cosa. Martín, ¿vos podés ir de 2?”, le preguntaron a Zubía. “Yo me animaba a todo. El problema no era el puesto, sino que andaba a pata”, aclara en modo visceral. Andar “a pata” es no tener caballos acordes con el nivel que se pretende jugar. En polo común, ya es grave. Y en alto handicap, es como pegarse un tiro en los pies.
¿Qué pasaba? “Para muchos de nosotros, existía una ecuación en esa época. Era ‘Lo que sirve, se vende, y lo que no sirve, se juega’. No había mucho misterio. Tenía máximo dos caballos buenos. El resto, se vendía. Era la forma de bancar el polo”, apunta Zubía. Pero entonces, ¿cómo construyeron una campaña tan positiva sin un elemento esencial?
Se armaban lo mejor que podían, recibían algunos aportes de terceros. Y el juego, claro. La Aguada tenía un estilo muy clásico. No se complicaba la vida. Y vivía una realidad: jugaba mejor los dos primeros torneos de la Triple Corona (Tortugas y Hurlingham) que el más importante (Palermo), donde llegaba “con lo que le quedaba”. Con canchas más chicas, principios de temporada y con los favoritos tomando ritmo y cuidando sus mejores montados, sabían que tenían que hacer ruido de entrada, que ahí estaba el negocio. Pero ese 1986 todo fue distinto.
Todos con 8 de handicap, La Aguada sumaba 32. Los cambios posicionales anduvieron muy bien. Zubía de 2, tratando de disimular las diferencias de peso y envergadura física que tenía con los rivales de esa posición. “En esa época el polo no era tan sutil, nadie llevaba la bocha en el aire, era todo más rústico, así que me venía al pelo”, especifica. Laprida de 3, con el manejo absoluto de la cancha. Y Novillo Astrada de 4, en su salsa. ¿Merlos? “Un tipo al que no le podías dar un metro. Maravilloso. Siempre estaba cortadito, esperando el pase. Y Zubía y Laprida entendieron rápido que la bocha viaja siempre más rápido que el caballo”, describe Novillo Astrada.

“Pero además, Cacho fue nuestro consejero. Nos asesoró mucho a Laprida y a mí, que éramos los novatos. Me explicó cómo jugar de 2, a qué jugadas ir, qué hacer y qué no. Como jugador, nunca entendí por qué no le dieron el 10 de handicap que se merecía, pero como compañero y maestro, fue todavía mejor. Por eso tuvo los hijos polistas que tuvo”, agrega Zubía. Se refería a Pite, Sebastián y Agustín, los herederos del delantero de las cejas voluminosas. El hombre que perfumaba el auto los domingos, cuando iba a Palermo a ver el Abierto con su familia. “Cuando me subía al auto y estaba con aroma a perfume, sabía que iba al polo, ja”, contó Tincho Merlos.
Tuvo un año brillante La Aguada. Invicto en Tortugas, ganó dos partidos (a La Espadaña 15-14 y a Tortugas 16-7) y empató el restante (Chapaleufú II 14-14). No alcanzó la final por diferencia de gol. “Empatamos con Chapa II en el debut. Y en el final del partido tuvimos un penal de 40 yardas que tiré yo. La bocha pegó en la banderita, arriba del mimbre, dio una vuelta y cayó afuera. Si entraba, estábamos en la final”, rememora Novillo Astrada.
“Zubía era una pila de nervios. Quedaba el último partido, de Chapa II con La Espadaña, y se fue a taquear a Pilar Chico. No lo vio, como ahora no ve los partidos de su hijo Juan Martín. No aguanta”. Chapa II, con Alberto Heguy y sus hijos, accedieron a la final por goal-average, pero La Aguada ya había dado una señal.
La cábala de la camiseta
Que se confirmaría en Hurlingham. El torneo que quedó para la foto eterna. La de campeón. Para Zubía y Novillo Astrada, el único título de Triple Corona, nada menos. Triunfo sobre Chapaleufú en el arranque: 16-15. Una victoria más en la semifinal ante Tortugas (12-5) y a la final. Ahora sí, sin depender de diferencia de goles. Y la definición, justo contra Chapaleufú II (que tenía a Martín González en lugar de Daniel, su padre). Fue pareja en el comienzo (2-2, 4-4), La Aguada llegó a estar 8-5 en el cuarto, pero Chapa II lo levantó y pasó al frente (12-10) al final del sexto. Palo y palo, estaban 14-14 en el octavo y último, casi bordeando el suplementario.

“¡No lo podía creer! Por suerte Cacho sacó ese foul de la galera”, dice Zubía. Cuarenta yardas. No quedaba casi nada de tiempo, con el score 14-14. El tiro era para Novillo Astrada, pero estaba en un caballo incómodo para los remates. “Tiralo vos Lapri”, le dijo a Laprida, que venía pegando unos fierrazos tremendos y provocaba la admiración de la gente que colmó la cancha Lewis Lacey del tradicional club inglés. “Me sale un tiro de porquería y Alberto Heguy la para en la puerta del arco. Y ahí me metí como un tren, derecho, y me llevé puesto todo. Creo que la pelota todavía está entrando. Por suerte no cobraron nada, dieron el gol y salimos campeones”, refresca el N° 3.
Era la consagración de Laprida, para muchos, el jugador del momento. Y eso que en su puesto, en otros equipos, jugaban Gonzalo Pieres, Horacito Heguy y Daniel González. Estaba en un nivel superlativo. “Quedate tranquilo que yo te saco el hombre. Vos pegale nomás”, le decía Cacho Merlos. “El problema es que si seguís así, yo no voy a meter más goles, no me la vas a pasar más”, bromeaba el 1. “Le pegaba 80, 100 yardas de frente o de espaldas. Nunca había visto algo así”, elogia Novillo Astrada. “¡Un animal! Me puso muy contento todo lo que hizo ese año. Se lo merecía. Laprida es de los amigos-amigos que tengo en el polo. Y pensar que lo conocí…je”, afirma Zubía.
Unos años antes, ambos se enfrentaban en el predio de la AAP en Pilar, por las semifinales del Metro de mediano handicap. Zubía jugaba por Mayling y Laprida por Pingüinos. “Le trabé el taco de una forma muy grave, lo encaré en 90 grados, pasé por atrás y le enganché. Se pegó tal susto que incluso hoy me debe estar puteando… Hoy te echan de la cancha por eso. Teníamos la misma edad. Seguimos siendo amigos”, se enorgullece Zubía. Y la pelota vuelve redonda. “Yo no sé qué pasó ese año 86, por qué me salieron las cosas tan bien. Si era confianza, si tenía que ser así. Pero lo tengo claro es que si Zubía no jugaba como jugó de 2, yo nunca me hubiera lucido como me lucí. Fue clave. Todo se lo debo a él”.
«La camiseta era beige y marrón, pero a Laprida mucho no le gustaba. Quería algo más lindo. Así que durante los dos primeros partidos de Hurlingham usamos una bordó y beige, a elección suya. Cuando pasamos a la final, empezamos a hablar de que con la marrón habíamos terminado invictos en el torneo de Tortugas y Cristian hizo silencio. Y dijo: ‘Mantengamos la cábala’. Y fuimos campeones con la marrón.»
Eduardo Novillo Astrada
La camiseta de La Aguada fue, de origen, beige y marrón, en mitades verticales. “Pero a Laprida –confiesa Novillo Astrada– mucho no le gustaba. Quería algo más lindo. Así que durante los dos primeros partidos de Hurlingham usamos una bordó y beige, a elección suya. Cuando pasamos a la final, empezamos a hablar de que con la marrón habíamos terminado invictos en el torneo de Tortugas y Cristian hizo silencio. Y dijo: ‘Mantengamos la cábala’. Y fuimos campeones con la marrón”. Años más tarde, La Aguada usaría nuevamente la bordó que se había estrenado ocasionalmente en una temporada inolvidable.
Esa noche, La Aguada cumplió con una tradición de aquellos años de los equipos campeones: pasar por la redacción de LA NACION, en la calle Bouchard al 500, a sacarse una foto y compartir algunas anécdotas. Zubía tiene un especial recuerdo de ese momento y de otras particularidades del polo.
“¡Claro que me acuerdo! Si siempre veía las fotos de los grandes equipos en LA NACION y no podía creer que ahora estaba ahí. Y después otra cosa, más allá de lo que es Palermo, creo que el post partido en Hurlingham era de los mejores, en el viejo bar bien inglés, con Berti O’Farrell haciendo bromas. ¡La pasábamos genial! Nos juntábamos con los rivales y el que había perdido, pagaba. Era una religión. Hoy son otras costumbres. ¡Andá a agarrarlos a los pibes en Palermo para que vayan al diario después de la final, je!”.
Tiene, Novillo Astrada, un sentimiento especial por La Aguada. De hecho, con tres de sus hijos (Javier, Eduardo y Miguel) ganó en 1990 la Copa República Argentina. Pero el título de Hurlingham es una de las grandes experiencias de su larga carrera. “Aunque guardo buenas imágenes de Nueva Escocia también. De cómo le hacíamos partido al Coronel Suárez de los Harriott y los Heguy. El Gordo Moore lo tenía a maltraer a Juancarlitos porque era el único que cambiaba de caballo a los 5 minutos e iba en diagonales, pegando cogotes y gastándole los caballos a los rivales. Una vez estábamos empatados en el último chukker, en la cancha 2, y nos ganaron con dos goles de Juancarlitos en el final. Después nos enteramos de que había jugado con tortícolis… ¡Qué monstruo por Dios!”.
Invictos hasta la semi con La Espadaña
La Aguada llegó a Palermo como más que una revelación. Le tocó jugar los dos primeros partidos en la cancha 2, en el turno de las 14. Le gana 23-15 a Coronel Suárez II (con los Araya, Badiola y Juni Crotto). Vapulea a La Loma por 20-10. El equipo es una sinfonía. Laprida hacía volar 100 yardas la pelota con una naturalidad asombrosa. Goles de todos los colores: hizo 27 (8 penales). Se encuentra con que está a un partido de la final de Palermo. Asoma La Espadaña en la cancha 1. Carlos Gracida, Alfonso y Gonzalo Pieres y Ernesto Trotz, la formación de gala, la que haría historia con el tetracampeonato (1987-1990). Era, para muchos, la final, aunque no lo era en rigor.
“Nos mataron”, “Nos pasaron por arriba”, “Arrancamos bien, pero después…”. La Espadaña le sacó el invicto con una actuación demoledora, polística y de caballos. Fue 19-8. Quien aterrizó en Palermo sin haber visto a La Aguada en los 8 cotejos anteriores se quedó con una falsa imagen, por más que haya sido “el partido”, la famosa semifinal que hay que ganar para soñar con la historia.
¿Fue juego? ¿Fue caballos? ¿Hubo refuerzos o llegaron ya con lo que quedaba, como solía pasar? “¡Qué se yo! Te puedo decir que no la pasé bien esa semana previo a la semifinal. Se me murieron mis dos mejores yeguas: Finura y La Cathy. La Finura, para que te des una idea, jugaba tres chukkers. Era de la cría de Carlitos de la Serna. En Hurlingham la ‘había pisado’ a la Marsellesa con Marcos Heguy. Era una pura increíble. Nunca más jugué algo así y en esa época no había clonación”, se lamenta Novillo Astrada sobre las bajas que tuvo antes de la gran batalla con los Pieres. La Guacha, Sayana, Estrellita (ganó el premio en Hurlingham) y Santita eran otros de los buenos ejemplares del equipo.
¿Cómo se arreglaban para completar los 7 u 8 caballos que llevaba cada uno a Palermo, para jugar en 4 o 5? “En esa época la gente prestaba caballos. A La Espadaña, que ya tenía un arsenal, le daban más. A nosotros no. Bueno, esa vez sí, pero a mi no me daba nadie. ¡Pero nadie, nadie! Y mis compañeros no me lo contaban para que no me pusiera mal”, dice Zubía.

–¿Y por qué no te daban?
–Porque decían que era medio brutito. Pero resulta que a mi los caballos me duraban. Llegamos a Palermo y le dicen a un compañero: “Les doy caballos a todos menos a Zubía”. Y así fue. Laprida estaba remontado y Taio y Cacho muy bien.
–Cuando te prestan, ¿qué pasa si se rompe?
–Y se murió alguno esa vez, ¿eh? Si se rompe, se rompe. Es un riesgo que toma el que te presta. El dueño te lo daba para poder verlo jugar una semifinal o final de Palermo. Si no, no llegaba nunca a ese nivel. Pasaba a ser un caballo que no lo conocía nadie. Salvo que lo compraras, claro. El dueño se jugaba una ficha a que el caballo llamara la atención para poder venderlo mejor. Siempre lo hablo con mi hijo Juan Martín. Quizá, con algunos caballos buenos, si no los vendía, podría haber levantado algunas copas más, pero fue mi realidad y mi necesidad. Y otra cosa: yo sé que a mi me faltaban 15 kilómetros de velocidad. No soy tan burro para no darme cuenta. Pero así y todo, hice lo que hice.
–¿Qué te quedó de todo eso como balance?
–Una frase de Memo Gracida. Yo había perdido una final en Palm Beach, me ve triste, amargado. Y me dice: “Martín, bien jugado”. Yo estaba a las puteadas. “Mirá, éramos 16 equipos, uno ganó la final, otro la jugó y 14 quedamos afuera. Yo a la final la vi de afuera. Tampoco te vuelvas loco”. Y me quedó como mensaje. Me quedo con todo lo lindo que hizo La Aguada. La gente se vuelve loca si no gana. Messi no ganaba y no lo queríamos y ahora gritamos los goles de Inter Miami, que es como jugar en el Metro de bajo handicap…
La caída con La Espadaña marcó, también, el final de ese equipo de La Aguada. Zubía y Laprida encararon otro proyecto (Pilar Chico), con Luis Lalor (h.) y Santiago Gaztambide, Merlos se tomó un año sabático y Novillo Astrada jugó por La Cañada con uno de los hijos de Cacho: Juan Ignacio Merlos.
Curiosamente, La Espadaña, que había encarado con un respeto especial la semifinal con La Aguada y que incluso repitió caballos para asegurar un resultado que no tendría vuelta atrás, tampoco fue campeón. Ese 86 terminaría siendo campeón Indios Chapaleufú, con Marcos, Gonzalo y Horacito Heguy y Alex Garrahan. El día del golazo de Marcos a bordo de la Marsellesa. Uno de los mejores goles de la historia para el 13-12.
¿Quién fue el árbitro de esa final, el tercer hombre de la cancha, el que intervenía sólo cuando los dos jueces no se ponían de acuerdo con un fallo? Cristián Laprida. “Nos quedamos afuera de la final y fue una pena en un año tan lindo para La Aguada. Pero esa final fue una cosa de locos y me tocó ser el árbitro. ¡El pedazo de gol que hizo Marcos! Je. Nadie se dio cuenta, pero yo también me paré para aplaudirlo…”.
Fuente:
Claudio Cerviño LA NACION – Fotos: Gentileza Cristian Laprida – Lucio Solari – LA NACION – Oscar Piñeiro – LA NACION Deportes
















