Símbolo de Hindú, mucho tuvo que ver con la escuela de rugby de esa entidad. Cómo ve la evolución del deporte y su mirada de los Pumas para el Mundial
Si las revoluciones son el motor de la historia, la de Tito Fernández es una muestra cabal de este postulado. Empezó a jugar al rugby a los 19 cuando lo suspendieron en waterpolo y cambió los botines por el buzo de entrenador unos 10 años más tarde cuando renunció a los Pumas, junto con un grupo grande de jugadores, ante la decisión de la UAR de quitarle la capitanía a Arturo Rodríguez Jurado. Encarnación, también, de la condena de la historia a repetirse. Esa ruptura también coincidió con su paso de Deportiva Francesa a Hindú, donde José Javier Fernández terminó de erigirse en figura emblemática del rugby argentino de los últimos 50 años. Como jugador, como entrenador, como padre, y sobre todo como eslabón fundamental en la reluciente cadena del club más ganador y que más jugadores aportó al seleccionado desde la segunda mitad de los 90.
Alejado de la conducción técnica, no ya por una ruptura sino para no interferir en el camino a su hijo Santiago, su legado continúa vigente. Hindú sigue ganando y sigue formando grandes jugadores. Cada club tiene su idiosincrasia, pero ninguno ha conjugado tan bien el carácter social y formativo con la voracidad ganadora como el de Don Torcuato.
Tito Fernández recibe a LA NACION en su casa del Bajo Martínez. Desentrañar la fórmula secreta de Hindú no resulta difícil. Se quita méritos a la hora de hablar de la mística que sobrevuela el club, pero acepta gustoso su aporte en el costado técnico-táctico. Insiste en que al rugby actual le falta sorpresa y elogia al seleccionado francés como excepción a la regla. Confía en el potencial de los Pumas de cara al Mundial, aunque advierte una deficiencia en la pareja de medios. Opina que el rugby argentino necesita una competencia profesional y pide por más “hombres de rugby” dentro de la dirigencia.
«Es tan estructurado el juego y como todos hacen más o menos lo mismo… Me da la sensación de que todo el sistema de entrenamiento acobarda al jugador a asumir el riesgo. Es como tener una Ferrari y viajar a Mar del Plata a 45.»
José Javier Fernández y su mirada de los Pumas
Aunque alejado de la dirección técnica, a los 73 años sigue estando cerca del rugby: “Acá tenemos una pileta pero casi no se usa. Todos los fines de semana los pasamos en el club. Tanto que estamos pensando en mudarnos a Don Torcuato para estar más cerca de los nietos, que viven allá. Disfruto mucho viendo jugar a mis nietos, a Santi. La última vez que entrené fue cuando Nico Amaya y el Lucas Fernández Miranda me dijeron: ‘¿Vos no nos vas a entrenar como entrenaste a mis viejos?’ Eran muy chiquitos, así que les dije que cuando tuvieran 15 los entrenaba. Ni bien cumplieron 15, yo estaba en Uruguay y me llamaron. Hijos de p… casi los mato. Así que los entrené dos años, después justo volvió Santi de Europa y se los entregué a él. Le gusta entrenar y sabe ver el rugby. Siempre fue un enfermo del rugby, desde chico. Va a ser un muy buen entrenador.”
–¿Qué le parece el rugby actual?
–Es un rugby previsible. Puede ser que esté equivocado, pero no creo. Por ejemplo, se ven muy pocos penales rápidos. Pareciera que la sorpresa no es un condimento que tenga que tener un equipo. Los marcadores son buenos cuando vos los atacás como ellos se entrenaron para defenderte. Es tan estructurado el juego y como todos hacen más o menos lo mismo… Me da la sensación de que todo el sistema de entrenamiento acobarda al jugador a asumir el riesgo. Es como tener una Ferrari y viajar a Mar del Plata a 45.
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Y después, se han vuelto locos con los resultados. Yo siempre les decía a los chicos que nuestro trabajo es, como entrenadores, tratar de hacer el mejor entrenamiento posible, y como jugador, intentar hacer el mejor partido posible. Si vos jugás condicionado porque te dicen que en tal lugar de la cancha no podés hacer esto o esto otro… no entrenan la lectura de la situación, y todo se puede entrenar. Hasta la convicción se entrena. Y un equipo que no intenta, ¿qué clase de convicción va a tener? Me parece que están muy ajustados al no error, y para entender bien el juego uno se tiene que equivocar. Yo les digo a los chicos que intenten. Los miedos de los entrenadores, el no querer perder, el no equivocarse, el sentirse más importantes que los jugadores, hacen que un chico de 15 años juegue con la mentalidad de un entrenador de 50. No hay que olvidarse que el rugby es un juego.
–¿Hay algún equipo que le guste más?
–Hay un equipo que la rompió toda en los 70 que era Gales. Entre Gales y Francia, que son los dos equipos que más respeto por lo que hicieron en su momento, y creo que Francia lo va a hacer de nuevo porque conozco al entrenador de haber hablado muchas veces cuando entrenaba a Santi en los Pumas [Fabien Galthié]. Es un tipo diferente que le está haciendo un aporte tremendo a un rugby que se hizo totalmente mecánico. Todos los equipos juegan a lo mismo, todos tienen el mismo código de funcionamiento. Uno de los problemas que tiene el rugby actual, pienso que porque hay muchos entrenadores que tienen que seguir un libreto, es que no dejan apartar del libreto a chicos de 14 o 15 años. Siempre fuimos convencidos de que la situación es la que marca el camino a seguir. Durante mucho tiempo se ha dicho que es el territorio el que te marca el camino. Ha sido mal entendido por muchos entrenadores.
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–Dijo que conoció a Galthié ¿Por qué puede llevar a Francia a la cima?
–Galthié es un tipo que entiende el juego. Un loco, no tiene un temperamento fácil. Pero es un fanático del juego. Es el típico francés de antes, del estilo de [Pierre] Villepreux. Yo me quedo con lo que decía Alex Wyllie: “El rugby es simple, no fácil”. La simplicidad llevada a la perfección en un juego de conjunto es dificilísimo.
«Tiene un buen pack de forwards, pero el 9 y el 10 es un lío. Los medio-scrums son buenos jugadores, pero no son de esos que vos decís “éste juega en cualquier seleccionado del mundo”. Carreras está jugando bien, pero el 10 tiene que tener una sapiencia y una confianza que tiene que ser tremenda. Le falta experiencia.»
José Javier Fernández y su mirada de los Pumas
–El Mundial siempre es un desafío para el seleccionado argentino. Tiene un buen pack de forwards. Me parece que tiene lío en los jugadores que deben ser superlativos. Tiene jugadores importantes, están encontrando una primera línea… el 9 y el 10 es un lío. Los medio-scrums son buenos jugadores, pero no son de esos que vos decís “éste juega en cualquier seleccionado del mundo”. Carreras está jugando bien, pero también pasa por el conocimiento del juego. El 10 tiene que tener una sapiencia y una confianza que tiene que ser tremenda. Le falta experiencia. Por ahí un día hace un click y la rompe. Tiene todas las condiciones para jugar bien. No sé cómo está con la lectura del juego, porque el 10 no sólo tiene que jugar bien, sino también hacer jugar bien.
–Como jugador y como entrenador de los Pumas le tocó atravesar varios momentos de conflicto, como la renuncia masiva de jugadores en el 77 porque la dirigencia le sacó la capitanía a Rodríguez Jurado, o los cambios de entrenadores a poco tiempo de iniciarse los Mundiales de 1995 y 1999. Hace poco se volvió a dar algo similar con el caso de Pablo Matera. ¿Por qué cree que se da esta tendencia autodestructiva?
–Está dentro de la propia idiosincrasia de los argentinos. Parece que nosotros si no peleamos, no vivimos. Hay dirigentes, pero hay pocos hombres de rugby. Son otros tiempos, pero si algo no tiene la dirigencia es estar formada por hombres de rugby. Hay tipos que tienen la voluntad y que lo pueden hacer bien, pero que no tienen la profunda sabiduría o convicción como para decir “Lo más importante de todo son los jugadores”. Siempre pasan esas cosas. ¿Será por celos? ¿Será por chapa? Romper parte de un grupo sacando uno o dos jugadores es criminal. Son muchos años que están juntos, muchos sueños compartidos, muchos sueños abortados… esas reglas no escritas que tiene un equipo. Si de golpe a un equipo le sacás a dos tipos, y… le pegás un tiro. Pero es producto de la falta de conocimiento y de entender que lo más importante son los jugadores. Hay tipos que creen que son más importantes. Es una debilidad de la dirigencia.
–¿Qué opina del cambio de logo de los Pumas?
–Son diferentes tiempos. No me gusta. Es como si a la bandera en lugar de un sol le ponés una luna. Va a seguir siendo celeste y blanca, pero no es lo mismo. Si esto hubiera pasado en los 70, donde todo era sentimental, espiritual y totalmente amateur, no estaría de acuerdo. Yo creo que las tradiciones hay que tratar de mantenerlas. Son como las convicciones. Con esto que es la identificación de un equipo, tiene que haber un motivo muy fuerte. ¿Si no para qué se cambió? Tiene que ser un tema económico, y ahí no te podés meter.
Una carrera corta, un legado eterno
Su carrera como jugador fue tan fugaz como significativa. Empezó tarde y se retiró joven. “Yo hacía waterpolo en el Club Ciudad de Buenos Aires. Nadaba. Vivíamos en Olivos, en la época en que te podías meter en el río. Y jugábamos tocata en la playa con un grupo de amigos”, recuerda Tito. “Un año me suspendieron y yo estaba sentado en el bar esperando que terminara el entrenamiento y viene un entrenador y me invita a jugar al rugby. Nunca más jugué al waterpolo. Tenía 19 años. Jugué un año y medio en Muni y después todo el equipo se fue a jugar a Banco Nación. Yo también iba a ir, pero me agarraron unos amigos de Deportiva Francesa y me fui ahí. A los dos años estaba jugando para los Pumas en Sudáfrica”.
En el seleccionado disputó 24 Test Matches en seis años, de 1971 a 1977. Una década de gran auge del seleccionado, que empezaba a conseguir sus primeros éxitos internacionales. Fornido segunda línea, el ex Puma y periodista Nicanor González del Solar lo bautizó “El Hombre Nuclear” en las páginas de la revista El Gráfico. “No sabía nada, pero tenía una gran condición atlética. Estaba superentrenado. Nosotros salíamos a nadar desde Olivos hasta Aeroparque como si fuera dar una vuelta a la manzana. En el 69, el primer año que jugué en Deportiva, me citaron por primera vez al seleccionado para unos partidos contra Escocia, pero no jugué. En el 71 me volvieron a citar para la gira por Sudáfrica. Otro mundo, otra Argentina. Doce o 14 partidos, dos meses de gira. Yo debuté en el sexto o séptimo partido, y no paré hasta el 77. Ahí hubo un problema con la elección del capitán, que era Arturo Rodríguez Jurado, y renunciamos casi todos los jugadores. No me llamaron más, ahí se acabó la parte de la selección.”
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Esa ruptura marcó otro hito en su vida personal y deportiva: el desembarco en Hindú. “Discutimos con [Oscar] Cacho Martínez (aunque después terminamos muy amigos), que era entrenador en Deportiva y estaba en la UAR, y decidí dejar de jugar, enojado. Como mi mujer [María Elena Domínguez], que era mi novia en ese momento, era de Hindú, me acerqué al club, donde además ya tenía muchos amigos. Un día me dijeron “¿cómo vas a dejar, vení con nosotros”. Jugué un partido solo y no jugué más. Yo había hecho dos giras en el 72 y 73 con el SIC como invitado, a Europa y Sudáfrica, y me había hecho muy amigo, todavía nos juntamos todos los meses. Casi me voy al SIC, dudaba muchísimo. Pero dije basta, se acabó el rugby. A partir de eso me puse a entrenar, a los 27 o 28 años. Empecé con la quinta de Hindú.”
–¿En esa época se forjó lo que es Hindú hoy?
–El club era muy chico, como todo el rugby. Habían tenido un buen año, en la época de los Iachetti, Carlucho Serrano… llegó a ser tercero o cuarto. Dejaron los entrenadores que estaban en ese momento y me ofrecen dirigir la Primera a mí. Descendimos una temporada, pero a los tres o cuatro años salimos campeones. Se dio que había una camada de chicos que jugaban muy bien: los Fernández Miranda, los Amaya, los Pirán que vinieron del SIC. Todos jugadores a los que, además, los tuve muy intensamente porque en aquella época habíamos empezado entrenar con Pipo [Méndez] seleccionados juveniles, así que estaba totalmente ovalado, pensando todo el día ovalado.
En esa época entrenábamos en el Cenard, pero muchos que vivían en el centro se fueron a vivir a Don Torcuato y empezamos a entrenar más en el club: el Negro Fernández Miranda, Jorge Comotto, varios… Fueron momentos muy lindos del club, que creo que marcaron el camino en cuanto a lo espiritual, lo visceral. Un grupo bárbaro, muy comprometido con el grupo humano y con el club. Después aparecieron los jugadores, pero eso es una lotería. Antes no había infantiles, empezábamos en M15, pero al irse a vivir ahí, los hijos empezaron a sumarse al club. Ha dejado marcado a fuego la forma de sentir y de vivir el club y hoy los chicos lo viven exactamente igual que hace 40 años.
–¿Cómo se formó esa parte espiritual?
–Un espíritu fuerte de tipos muy comprometidos con el club. La ventaja que tuvimos nosotros es una serie de tipos grandes que no participaban del juego pero participaban mucho del club: Jorge Comotto, el Negro Fernández Miranda, Víctor Serrano, Tomás Vivort… nos reíamos porque decíamos que eran unos analfabetos rugbísticos. En relación al juego, a todo lo que es lo técnico, pero en lo filosófico… unos cracks. Ese fue el valor agregado. Los jueves terminábamos de entrenar diez y media, once. Ninguno de los viejos comía hasta que no llegara el equipo. Mi viejo siempre decía: “Uno enseña con lo que dice pero educa con lo que hace”. Educaron con el ejemplo, por eso hoy lo siguen haciendo los chicos y tienen una vocación especial para quedarse. Además de enseñarles a jugar, les vas transmitiendo la filosofía del club. Eso todavía hoy se sigue respetando. Absolutamente todos los jugadores que pasaron por seleccionados o jugaron mucho en primera, tienen seis o siete años entrenando inferiores en el club.
Para un jugador, entrenar es maravilloso. Enseñar te hace pensar en el juego, entonces después actuás de una manera casi mecánica. Nico, Manasa [Fernández Miranda], mi hijo, todos tienen ocho, diez años de ser entrenadores mientras jugaban. Entonces se mantiene una línea, los mismos códigos, y se unifica. El eslabón que se va sumando se forja en la misma temperatura que los otros. Eso ha sido un valor agregado que tiene el club y por cómo sigue funcionando imagino que lo va a mantener.
–El éxito también tuvo un componente técnico, donde usted tuvo mucho que ver…
–A mí siempre me gustó entrenar. Nunca sufrí el haber dejado de jugar, porque siempre estuve ligado y compenetrado. Dejé de entrenar el día que mi hijo llegó a Primera, porque no quería mezclar las cosas. Estaba preparado. Tuve la suerte de haber tenido buenos maestros. A mí me entrenó Guastella, me entrenó Veco Villegas, Cacho Martínez… Todos eran unos fanáticos en preguntar el por qué de cada cosa. Eso te incentiva a profundizar una idea. Yo hice traducir un libro que traje en el 72 o 73 de Inglaterra: ‘Think Rugby’, de Jim Greenwood. Hay cosas que son tan actuales, porque el rugby no ha cambiado demasiado. Cambió en tiempo, espacio, velocidad. Pensar en rugby te pone en situación primero mental antes que física, entonces cada situación la vivís diez veces antes de que te aparezca en el partido. La voluntad de pensar en el juego, desmenuzarlo, encontrar el por qué. Cuando a un jugador de chico lo metés en eso, primero va a jugar mejor porque lo va a interpretar, y después lo va a hacer mecánicamente. Cuando nadaba hacíamos saltos ornamentales, con rompevientos porque te pegabas unos palos… Ensayábamos los saltos en cama elástica y salían bárbaro, pero en el momento en que estás caminando por la plataforma, dudás un micrón de segundo y te pegás una piña terrible. Eso pasa también en el juego. El estar convencido y concentrado tiene mucho que ver, y eso también se entrena.
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–Hindú también marcó una impronta con un estilo, que se mantiene hasta hoy. ¿Cómo se logró eso?
–Pensando en el juego que a uno le gusta y en función de los jugadores que teníamos. A todos los chicos yo los había tenido en inferiores y cuando agarré la Primera subieron todos esos. El placer que da cuando se apoya la pelota en el in-goal después de que la tocaron 15 tipos es diferente para el conjunto. Hindú marcó un camino porque fue muy duro adelante y muy rápido con los tres cuartos. Al mismo tiempo, ¿aparecerán los jugadores que desnivelan si en inferiores no tuvieron la soltura para jugar? La voracidad por tener la pelota viva tiene que ir metido en las vísceras, no solamente en el razonamiento y en los músculos.
El legado, el futuro
En un video que circula por YouTube, El Hombre Nuclear se emociona hasta las lágrimas cuando muestra la camiseta con el número 5 que vistió en su primer partido en los Pumas. Lo mismo ocurre en otro en que cuenta cómo descubre que su padre, que nunca lo había visto jugar, guardaba en una caja todos los recortes periodísticos de sus proezas dentro de la cancha. El legado de Tito Fernández anida en aquel equipo de Hindú de los 90 con los Fernández Miranda, el Chori Senillosa, los Pirán, los Amaya, los Pulido. Se prolongó en este siglo, con su hijo Santiago adentro de la cancha y vistiendo él también la camiseta de los Pumas (32 Test Matches entre 2008 y 2013, incluido el Mundial de Nueva Zelanda 2011).
A los 38 años, después de un paso por el rugby profesional en Francia, Santi sigue regando talento con la 10 de Hindú. “La madre es más fanática que yo. Lo disfruto mucho, él disfruta mucho jugar… le gusta mucho el juego. Juega con hijos de varios de los chicos que jugaron con él. Yo me acuerdo cuando terminó el colegio y me dijo que se quería ir a jugar afuera. Yo le dije que tenía que estudiar, pero le di libertad. Le fue bien, le hizo bien, lo mejoró. Se casó con Rosarito, su novia de toda la vida. Tiene una familia armada, con tres hijos. Siempre tuvo claro de volver y de devolverle al club, tiene su casa en el club. Yo hago como la canción de Larralde: Puedo enseñarte a volar, pero no seguirte el vuelo.”
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–Hindú es uno de los equipos más perjudicados por la salida de los jugadores al exterior y a otros seleccionados. ¿Qué piensa de esta situación?
–Primero, no acompaña Argentina. Es importante que en algún momento Argentina empiece a pensar en un rugarrollándose acá. Pero con un rugby amateur que no te ofrece nada o estos combinadosby profesional interno para ocho o diez equipos, donde los jugadores puedan seguir des que juegan tres o cuatro meses y después vuelven al club… Por un lado, ¿qué le decís al chico que está jugando en su lugar? Son situaciones difíciles que te arrastran problemas.
–¿Eso no perjudicaría a los clubes?
–No, porque el club cumple una función social. El problema es que queremos que el club cumpla una función competitiva. Si el chico cuando termina el colegio y tiene que elegir una carrera, elige la carrera del rugby, perfecto, pero nosotros tenemos que estar enfocados en qué hacemos con esos chicos. No estoy diciendo que los clubes tienen que ser profesionales, sino seleccionados provinciales. Entre jugar en Italia o en España, es mejor que estén acá.
–Bueno, es un poco lo que están haciendo con la Superliga Americana…
–Para mí lo tienen que hacer a nivel local, argentino. La competencia te nutre, también. Al público, a los dirigentes, a los referís. Hay partidos de rugby que no se pueden ver, son un atentado al juego. El rugby argentino tiene que tener un lugar donde mirarse. ¿Cómo puede ser que no tengamos un torneo como el Campeonato Argentino?
Por Alejo Miranda
Fuente: Alejo Miranda PARA LA NACION – Fotos: Alejandro Guyot – Gentileza Tito Fernández – Francois Mori – AP – FRANCK FIFE – AFP – Archivo – LA NACION Deportes















