En Avellaneda, al sur del conurbano, se vive fútbol, se habla de fútbol, se respira fútbol. Con siete clubes afiliados a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), no es casual que, desde temprana edad, los niños de las familias se desesperen por practicar ese deporte. Y hace treinta años, la localidad de Sarandí vio nacer y crecer a un niño a quien lo que más le importaba era jugar a la pelota. Lo sabía desde que dio sus primeros pasos. Era desfachatado, alegre, “muy amiguero”. La historia podría ser la de cualquier pequeño habitante de esa ciudad, pero no, es la de Rodrigo De Paul, un campeón del mundo. Tenía tres años, recién estaba empezando a hablar más claro y el jardín de infantes lo había visto estrenar su guardapolvos por primera vez, y el ahora jugador de Atlético Madrid ya comenzaba a dar sus primeros pasos en el fútbol. Su primera posición en el campo de juego lejos estuvo de ser la que hoy ocupa. Cuando llegó al Club Social y Deportivo Belgrano, de Sarandí, se calzó una camiseta de arquero y se ubicó entre los tres postes. “Tranquilamente, puede ponerse los guantes, se la rebusca para atajar”, dicen quienes lo conocen desde entonces.



El Rodrigo que se transformó en un hombre con el transcurrir del tiempo es prácticamente el mismo que nació aquel 24 de mayo de 1994. Por lo menos, así lo sienten quienes lo vieron crecer. No importa que su vida tuvo un giro de 360 grados, que se volvió una estrella del fútbol mundial. Ese niño amante del fútbol, sonriente y caradura, no perdió nunca la esencia que lo caracterizó cuando caminaba seis cuadras desde su casa hasta el Colegio Loreto, o tres hasta el club Belgrano. Todo quedaba en el barrio, ese lugar del que parece que jamás se fue. “Lo recuerdo como un chico sumamente alegre, vivaz. Y claro, amante del fútbol”, cuenta Silvina Espósito, que era la directora de la secundaria del Loreto, en diálogo con LA NACION. Era un estudiante como cualquier otro, aunque su interés estaba centrado en el fútbol. Nada había cambiado desde que De Paul ingresó al jardín de infantes en la misma institución. Como siempre, cualquier momento libre dentro de la escuela era excusa para que el joven tomara un balón número 5 y convocara a sus amigos a disputar un partido improvisado. “Siempre estaba pidiendo una pelota”, recuerdan. Cuando estaba cursando el primer año del secundario, Rodrigo y sus compañeros rompieron uno de los vidrios del patio. Un pelotazo derecho a la ventana y ¡zas!, el vidrio se hizo añicos. “Esa capacidad que tenía para jugar al fútbol rápidamente fue detectada por sus profesores de educación física, que trataron de incluirlo en los diferentes equipos representativos de la institución, sobre todo en los torneos distritales”, cuenta David Heras, al frente del nivel primario. A Rodrigo también le divertía participar de los juegos de handball y vóley que se practicaban en el colegio. Respecto de los estudios, nunca tuvo problemas para aprobar las materias.





PRECOZ
Desde los tres años Rodrigo comenzó a mostrar la pasión por el fútbol, que lo acompañó durante toda su adolescencia
Sin embargo, no todo era juego. Había sacrificio en sus acciones, como también en su familia conformada por su mamá Mónica Ferrarotti, sus hermanos mayores Damián y Guido, y su padre, Roberto. Porque Rodrigo cursaba en el turno de la mañana en el colegio y debía mechar con la práctica en el fútbol infantil de Racing de Avellaneda. “Estaba en el club hasta las 17 o 18 horas para después hacer la tarea y retomar temprano la escuela el otro día, algo con lo que cumplió siempre”, recuerda Espósito. Al director de la primaria le quedó grabada una escena en su memoria. Un día, mientras Rodrigo estaba cursando el cuarto grado de la primaria, el joven se acercó a su despacho junto a un compañero. Había inquietud en esa sorpresiva aparición. Ese día, más que nunca, quedó plasmado cuál era el objetivo que ya tenía entre ceja y ceja el futuro deportista. “Vino a plantearme que tenía que hacer las prácticas en Racing por la tarde y eso le generaba un problema para continuar con las materias extraprogramáticas que cursaba en el mismo horario”, cuenta la autoridad. Después, la mamá de De Paul formalizó el pedido de permiso especial para que el niño no perdiera su continuidad en la escuela. Fue entonces que la institución resolvió darle vía libre para que pudiera llevar adelante ambas actividades. “Le dimos una serie de obligaciones, como algunas contraprestaciones que había que hacer en cuanto a tareas extra, por ejemplo”, dice el directivo.
“Es un orgullo para nosotros y lo estamos esperando para que vuelva, queremos que nuestro patio tenga una placa con su nombre”
SILVINA ESPÓSITO, EXDIRECTORA DEL SECUNDARIO
DEL COLEGIO LORETO
De Paul no se olvida de sus raíces educativas. Tanto es así que en 2023, de manera sorpresiva durante un viaje que hizo a la Argentina a mediados de ese año, el volante apareció en el Loreto una tarde de sábado cuando se estaba jugando un torneo entre exalumnos. Volvía así al lugar que lo vio dar sus primeros pelotazos. “Es realmente un orgullo para nosotros y lo estamos esperando para que vuelva, porque queremos que nuestro patio tenga una placa con su nombre”, dice la directora de la secundaria del Loreto. Entre sus allegados resuena una frase que describe a Rodrigo de pies a cabeza: “Es muy amigo de sus amigos”. Espósito lo recalca una y otra vez: “Para él, la amistad es un valor”. Será por eso que pese a haber obtenido el mayor trofeo que puede conseguir un futbolista, como lo es la Copa del Mundo, y vivir en el exterior, De Paul continúa manteniendo los lazos fluidos con sus seres queridos, con quienes se quedaron en Avellaneda o pululan por alguna otra ciudad del país. Fiestas como la de Navidad o de Año Nuevo, o un viaje relámpago a Argentina, son la excusa perfecta para que los amigos vuelvan a encontrarse para compartir un rato juntos. Es más, antes de partir a Estados Unidos para comenzar con la puesta a punto de la selección al mando de Lionel Scaloni, el volante envió un mensaje a sus allegados y hubo un festejo especial por los 30 años del futbolista. “Sé que puedo contar con él siempre y él sabe que él también puede contar conmigo”, asegura Fabricio Pérez Espósito, uno de los mejores amigos de De Paul desde que tenían tres años. “Pasábamos mucho tiempo juntos”, recuerda el joven. Tanto que se sentaban uno al lado del otro en los bancos de la escuela y disfrutaban de los recreos. También les gustaba escuchar cumbia. Como no podía ser de otra manera, el pequeño Rodrigo y sus allegados compartían esa pasión por el fútbol, tanto dentro como fuera de la escuela. Participaban de campeonatos regionales e intercolegiales. Recorrían las mismas canchas, tanto en el Club Belgrano como en los inicios en Racing. “A Rodri no le gustaba perder a nada. Le cambiaba la cara. Y hoy es igual cuando jugamos al truco”, cuenta su amigo, que actualmente es el capitán en el equipo de Dock Sud en el ascenso, y no puede evitar sonreír al recordar esa parte de la intimidad que los une.


INICIOS
Cuando llegó al Club Social y Deportivo Belgrano se calzó una camiseta de arquero; en Racing ya se ubicó como jugador de campo
El director de la primaria del Loreto resalta: “Cuando hoy ves imágenes en el entrenamiento es un tipo que está bromeando, alentando a sus compañeros. Y es exactamente lo que nosotros veíamos acá”. Es que Rodrigo no pasaba desapercibido en su niñez y adolescencia. Desbordaba de alegría, era desfachatado. Solía hacer bromas en su grupo de amigos. Incluso, era quien estaba a cargo de “organizar” el momento de la diversión, destacan los que solían compartir tiempo con él. “Hoy se nota cuando no está y lo mismo me parece que pasa en la selección”, dice Fabricio. “Creo que el apodo que se ganó en la selección de ‘motorcito’, coincide con el del grupo de amigos, porque es algo esencial dentro de un equipo”, agrega su amigo. “En mi casa se juntaban a jugar a la PlayStation, a merendar”, cuenta la directora del nivel secundario del Loreto, que es además la madre de Fabricio. Y sí, el juego de fútbol era el preferido por los amigos. Rodrigo también solía recibir a su amigo en su hogar, en una de las torres ubicadas cerca del hipermercado Coto de Sarandí. Pasaban largas tardes juntos. Incluso, se quedaban a dormir en las viviendas de ambos. En alguna de aquellas oportunidades, De Paul expresó sus deseos a la familia de su amigo. Anhelaba, algún día, poder vestir la camiseta de la Selección Argentina o jugar en la primera de Racing. Con entusiasmo, un joven Rodrigo les contaba a sus amigos cada novedad que tenía con el deporte que amaba; cómo, paso a paso, su carrera profesional se transformaba en una realidad. “Me llamaron de Racing” y “Ahora me voy al exterior”, los iba poniendo al tanto. “Es un orgullo verlo campeón de la Copa América, del Mundo”, dice con cariño Fabricio, y suma: “Es algo que se lo ganó, que le costó mucho, y fue todo mérito de él porque siempre la luchó”. Por cuestiones laborales, el futbolista de Dock Sud no pudo viajar a Qatar, pese a que Rodrigo lo había invitado: “Me hubiese encantado, pero me emocioné de acá y después, cuando lo volví a ver, le pude dar un abrazo, el que más duró entre nosotros”. Meses antes de que se disputara el máximo evento futbolístico mundial, De Paul había tenido una conversación con su amigo que quedó en el baúl de los recuerdos de los compinches. El 1 de enero de 2022 le dijo “amigo, voy a empezar a cuidarme porque tengo que ganar la Copa del Mundo”. El 18 de diciembre de ese año esa premonición se hizo realidad. “Estaba convencido”, resalta Fabricio. No sería la primera vez que el volante dejara en claro la confianza que tenía en el equipo. Espósito repregunta: “¿Qué le diría a Rodrigo si lo tuviera enfrente?”. La mujer se detiene unos segundos, como si estuviera imaginando al futbolista sentado frente a ella. “Le diría que lo felicito, que estamos sumamente orgullosos de él por lo que logró, por lo que se propuso”, reflexiona orgullosa.
Fuente: Texto Valeria Musse – Fotos: LA NACION Deportes – Video: LA NACION – You Tube – LA NACION Deportes
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