Un episodio singular de 1935 derivó en una rivalidad única, que varió con los años; dos clubes entrelazados por la vida diaria de su gente.
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San Isidro es la república del rugby, constituida a partir de un acuerdo y una ruptura.
Primero, el acuerdo. Al nacer el siglo XX se unieron dos grupos de distintos orígenes, para dar vida a una institución social y deportiva. Y tres décadas después, la ruptura. Intereses contrapuestos, posturas antagónicas y evidentes recelos eclosionaron en un insoslayable conflicto. Este derivó en una sanción, varias renuncias y un alumbramiento. De este modo, el Club Atlético de San Isidro perdió a entrañables hijos, que se marcharon y fundaron otra entidad: San Isidro Club. Sangre de su sangre para alumbrar a quien se convertiría en el más acérrimo de sus adversarios. La peor de las cuñas: la del mismo palo.
Amanecía el siglo problemático y febril. Una enérgica muchachada perseguía sus sueños de realización y pertenencia en unos campitos de la zona Norte, cerca del río. Aficionados al fútbol, todos corrían detrás de la pelota. Los impulsaba el berretín del lugar propio, donde podían aquerenciarse y desarrollarse. A una barra la componían jóvenes del lugar que formaban parte del Club de Football San Isidro. Urien, Sackmann, los Becco, Sala, Malbrán, Jiménez, Boggio y Colocchieri eran algunos de esos entusiastas “footballers”, a quienes más adelante se unirían Tiscornia, Vernet, De Martino, Bianchi, Copello, Franzone y Bincaz, entre otros. Los chiquilines sanisidrenses ocupaban un terreno al borde de la barranca, de frente al río, propiedad de don Manuel Aguirre, influyente personaje en ese partido del Gran Buenos Aires y que ejerció la presidencia municipal a mediados del siglo XIX. Al mismo tiempo, en un terreno cercano, junto a las vías, jugaban otros pibes, un poco más grandes y en su mayoría británicos o hijos de británicos empleados del ferrocarril. Allí, representando a San Isidro Athletic Club, se encontraban Leonardo Hughes, Hudson, Mc Crindle, Drennen, Curti, Gabutti, Kunz, Matterson, Enghel, Lurati, Davis, Goodfellow, Ángel, Guppy, Collins, French y algunos más.
Dos clubes en un pueblo, con sitio para uno solo, generaron una disputa que rápidamente se intensificó. Los lugareños araron el campo cruzándolo con dos diagonales y comenzó un período, de unos cuatro meses, de discusiones, deliberaciones y entrevistas. Hasta que el intendente, don Pedro Becco, padre de los chicos del Club de Football San Isidro, propuso la solución definitiva: una fusión. Las dos partes quedaron satisfechas y el 24 de octubre de ese año, 1902, se labró el acta de fundación del Club Atlético de San Isidro. Una propuesta lógica y esperable, ya que ambos grupos perseguían idénticos ideales y, además, muchos de los criollos eran compañeros de trabajo de los ‘ingleses” en el ferrocarril. En un principio, las actas fueron escritas en inglés, pero Fernando Tiscornia elevó una protesta formal y los documentos fueron castellanizados.
“Oiga, don Manuel. Queremos jugar al football, ese nuevo deporte de los gringos, ¿vio? Y necesitamos un lugar. ¿Nos cedería unos terrenos?”. La tradición oral cuenta que el planteo fue del grupo de criollos y gringos a Manuel Aguirre, dueño de una amplia fracción que abarcaba desde Fondo de la Legua hasta el Río de La Plata. “Está bien”, les respondió el influyente personaje. “Les doy el terreno hasta allá, donde está atada la vaca”, respondió. Y sucesivas generaciones han transmitido la anécdota, que nunca se pudo verificar. Esa misma noche, aceptado el pedido por Aguirre, los interesados desataron a la vaca y la corrieron hacia atrás, para ganar mucho espacio.
El padre de los Becco se transformó en el primer propulsor del nuevo club, al que siguió Francisco Guppy, luego de reemplazar al presidente inicial, Leonardo Hughes, convocado a cumplir con el servicio militar obligatorio. La primera instalación de la flamante entidad fue un galpón de la chacra, donde acopiaban fardos y al que le colocaron aparatos para la práctica del atletismo. Más adelante, el precario recinto se amplió con los vestuarios: dos vagones de un tren que había sufrido un descarrilamiento en un día de lluvia torrencial. Y tiempo después, por medio de una donación de Avelino Rolón, Becco, Widborne y el ferrocarril, se adquirió por 2400 pesos una tribuna de dos sectores.
El esfuerzo y el entusiasmo de los socios y allegados le dieron el envión necesario y CASI despegó. Se desarrollaron el fútbol y el cricket, y luego la entidad se inclinó decididamente hacia el rugby. Una actividad central, sobre todo al completarse se segunda década del siglo, cuando empezó la lenta decadencia del deporte de la pelota esférica en el club. El profesionalismo, primero encubierto y después oficializado, debilitó el plantel de CASI, que estaba comprometido estatutariamente con el deporte amateur, hasta obligarlo a abandonar su práctica y dejar su lugar en la Asociación del Fútbol Argentino. Uno de los requisitos de Victoria Aguirre, hija de Manuel, para ceder las tierras al club era que se las destinara a la práctica del deporte amateur.
CASI alcanzó el esplendor deportivo (conquistas en el fútbol y supremacía en el rugby) durante la gestión encabezada por el doctor Rafael Cullen. Un proverbial dirigente, de avasallante personalidad, que ejerció la presidencia desde 1909 hasta su muerte, sucedida en 1927, excepto el lapso de 1917 a 1919, en el cual se alejó del cargo por un entredicho. Pinchada la pelota esférica, acometió dominante la ovoide. Y las franjas blancas y negras horizontales reemplazaron al azul cobalto del uniforme. En rigor, ni blanco y negro, ni azul cobalto. En ambos deportes, originalmente CASI lució otros colores.
Eduardo Crawley, de 74 años y socio del club, cuenta la historia para LA NACION: “El equipo de fútbol actuó en los campeonatos desde 1906 y recién en 1910 se vistió de celeste. Antes utilizó dos diseños de camisetas: una, blanca con una cruz roja, como la bandera de Inglaterra, y la otra, una verde y roja a franjas verticales. Y el conjunto de rugby tampoco nació de blanco y negro. Esos tonos se incorporaron recién en 1917.

El presidente Cullen llamó a un concurso para elegir el aspecto de la nueva camiseta. Pero finalmente él decidió los colores, blanco y negro, los mismos del combinado británico de Barbarians. Incluso, durante el año en que ganó el primer campeonato de rugby, 1917, el equipo jugó algún partido con una camiseta blanca, y en otra ocasión lució una rojo punzó, la de “medicina”. “La llamaron así porque ese equipo se conformó con varios rugbiers que llegaron por una escisión de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires y la mayoría estudiaba medicina”, detalló Crawley, odontólogo, escritor y conferencista, autor del libro CASI de Primera, una historia novelada sobre los 25 años del club en la Primera División del Football Amateur.
La década ganada
Una década después de iniciarse en el rugby, CASI ganó por primera vez un campeonato e inició un ciclo brillante de absoluta hegemonía: consiguió trece cetros seguidos. En 1919 no se jugó el torneo y en 1921 San Isidro compartió el primer puesto con Belgrano Athletic.
La lista de glorias del Atlético es larga. Sobresalen Oscar Meana, Antonio Bilbao La Vieja, Roberto Madero, Vicente Ortuño González, L. O’Farrel, Adolfo Pividal, R. Hileret, J. Hardy, B. Harrington, Raúl Buzzo, C. J. Casado Sastre, José M. de la Barrera, Juan Fisher, J. Genoud, M. Goñi, L. Dellepiane, Abdón Cazenave, Roberto Acevedo, David Millar, Arturo Rodríguez Jurado, Benigno Rodríguez Jurado, A. Villegas, Rodolfo Semprún, T. y E. Mills, Howard Matthews, C. Donkis, Claudio Bincaz, Juan José Etcheverry, Irineo Zocca, Mario Agostini, Antonio Pasalacqua, Jorge Conrad, Marco Tulio Hernández, Elías Meyer Arana, Fabio Lucione, Billoc Newbery, Dietrich von Grolmann, Jorge Cilley, Emilio Cilley, Ernesto Cilley, Guillermo Benguria, Adolfo Travaglini…
El éxito arrollador de los jugadores y entrenadores estuvo acompañado por dirigentes de reconocida capacidad. que aportaron para su crecimiento sostenido de la institución. Como antes Cullen, luego lo hicieron Horacio y Adrián Beccar Varela, este último, un renombrado dirigente de fútbol en las primeras décadas del siglo XX. “Adrián viajó a una reunión de FIFA en Barcelona, donde se decidiría la sede del primer mundial, el del ’30. Cuentan que dio un gran discurso y así convenció a un montón de directivos de realizar el mundial en Uruguay y no en Inglaterra, como querían los europeos”, explicó para LA NACION su nieto, Gonzalo Beccar Varela, figura de los años setentas en el club y en el seleccionado argentino.
En 1931 se cortó la racha triunfal de la Academia: CUBA ganó el torneo. Y cuatro años después, a 33 de la unión de sanisidrenses y descendientes de británicos, se produjeron la escisión y el alumbramiento. La noche de los “sans culottes”.
Sans Culottes
Corría julio de 1935 y el Atlético de San Isidro lideraba la tabla de posiciones. El campeón de 1933 y 1934 superaba por dos puntos (19 a 17) a Gimnasia y Esgrima, su inmediato perseguidor. El triplete estaba al alcance de las manos. Sin embargo, desde el comienzo del año, el clima era tenso puertas adentro. La asunción de Julio César Urien como presidente generó una grieta con la gente del rugby y esta se profundizó al transcurrir los meses. Urien designó a Roberto Durrieu como titular de la subcomisión de este deporte, sin haber requerido la opinión de los rugbiers, que solían participar en la elección.
Esa determinación dio origen a la crispación, que crecía pero sin afectar el paso firme de CASI en el certamen. Hasta el domingo 14 de julio. Aquella tarde San Isidro perdió por primera vez, en su cancha frente a Gimnasia (9-3), y el desenlace del torneo se puso una pátina de suspenso. Al cabo de esos ochenta minutos, vencedor y vencido marchaban líderes, seguidos por Olivos, Belgrano e Hindú, a 5 unidades, y Atlético del Rosario, a 6. El wing Juan Lavenás marcó el único try del cuadro sanisidrense, que alistó a Roberto de Abelleyra (capitán); Roberto Green, Emilio Cilley, Carlos Vidal Molina y Lavenás; S. Schmitt y Adolfo Guido Lavalle; Arturo Rodríguez Jurado (campeón olímpico de boxeo en Ámsterdam 1928), E. Groteschi y Ernesto Cilley; Carlos Zocchi y Luis Chiappe; Jorge Stewart, Alasdair Stewart y Horacio Savino.
La jornada culminó con el tradicional tercer tiempo, en el salón Cullen, donde siempre había grandes diversiones. Como de costumbre, en la reunión no participaron las mujeres y asistieron apenas once jugadores de las distintas divisiones del club, dos hombres de Gimnasia, un integrante de la Unión de Rugby del Río de La Plata (antecesora de la Unión Argentina de Rugby) y el capitán general de CUBA, Harald ‘Mono’ Maurer. Cerca de las 21.30, a uno de los asistentes se le volcó una copa de vino sobre el pantalón, y para no seguir comiendo en esa condición, se lo quitó. A continuación, Jorge ‘Francés’ Conrad, miembro del equipo local, propuso solidarizarse con el afectado, recordando a su nación de origen. Y como ese día era el de aniversario de la Toma de la Bastilla, Conrad habría expresado: “Nosotros somos como los Sans Culottes”. Una referencia al grupo revolucionario francés de 1789, compuesto por trabajadores que rechazaban los “culottes” (calzones cortos) de la aristocracia y preferían usar pantalones largos.
El conocido incidente de la copa de vino y la quita de los pantalones es real. Pero la intervención de Conrad como la cuentan en SIC no es corroborada en CASI. Incluso Crawley la desmiente: “El Francés no estuvo en el tercer tiempo. De hecho, no fue suspendido”, aseguró. Haya sido Conrad o no el autor de la frase sobre los Sans Culottes, la cuestión es que varios de los presentes siguieron al hombre de la osada iniciativa y, sin los culottes, permanecieron sentados a la mesa. La escena fue presenciada por un socio ajeno al rugby, Marcelo Tomé, que informó a la comisión directiva. El martes siguiente por la noche se reunieron los dirigentes y hubo sanciones a los participantes: uno y dos años de suspensión, por “actos indebidos”.
Los castigados fueron Arturo Rodríguez Jurado, Jorge Stewart, Juan Lavenás, Alasdair Stewart, Jorge Cilley, Basil Mahjoubian, Alfredo Stewart, Félix Lonné, Juan Harrington, Juan C. Lonné y Horacio Castro Videla. Stewart, Jorge y Lonné estaban imposibilitados de jugar, pero aquel día concurrieron a la comida.
Los jugadores asumieron la responsabilidad y aceptaron el castigo. No obstante, intentaron persuadir a los directivos de que al menos les dejaran ingresar al club para entrenarse los jueves y protagonizar los partidos del fin de semana. El equipo iba primero y se jugaba un tricampeonato. Pero según la tradición oral la petición no fue atendida y tampoco fueron consideradas otras propuestas. Eduardo Crawley confió para LA NACION: “Urien vino para poner orden económico y social, porque el rugby era una elite dentro del club, y sus políticas no eran bien vistas por ese sector. El episodio del tercer tiempo potenció todo. No es cierto que no fueron contemplados los pedidos de los suspendidos; sí les propusieron rebajar las penas de dos años a noventa días, y las de un año, a sesenta días. Ellos no quisieron saber nada. Tenían decidido irse”, afirmó. No hubo acuerdo y las renuncias brotaron como el agua de la fuente de la entrada del club, cuyos mosaicos, traídos de Sevilla, narran la historia de El Quijote. Primero dimitió Stanfield, como miembro de la subcomisión de rugby, y a continuación, Luis Cilley, capitán de la tercera C, y el resto de los capitanes: De Abelleyra (primera), Roberto Canzio (segunda), César Costa (tercera A), Adolfo Basso (cuarta A) y Mario Dolan (cuarta B). El único que se mantuvo fue el capitán de la tercera B. La extrema situación se agravó debido a la solidaridad de unos setenta jugadores más, decididos a encolumnarse detrás de sus referentes y que se negaron a actuar por el club.
El campeonato, de 11 conjuntos, siguió adelante. Faltaban siete fechas y a CASI no le quedó alternativa que afrontarlo con juveniles, más algunos hombres que no se plegaron a la protesta: Adolfo Guido Lavalle (nombrado nuevo capitán), Horacio Savino y Roberto Durrieu. El 21 de julio el equipo recibió al colista Lomas y perdió por 5-3. Luego, cayó por 17-6 como visitante de Charrúas, el penúltimo. La semana siguiente tuvo fecha libre. A continuación, lo superó Belgrano por 10-0. Y acto seguido, en San Isidro, el anfitrión se impuso por 14-9 a Pacífico (hoy San Martín). Esta victoria resultó apenas un bálsamo, porque habría más derrotas: 19-3 vs. Buenos Aires, 17-14 a manos de Atlético del Rosario y 17-6 ante CUBA. Los rosarinos obtuvieron la corona, escoltados por Olivos e Hindú, y CASI terminó sexto, a ocho puntos del campeón. Magra cosecha: diez triunfos, un empate y nueve caídas. Mientras tanto, los jugadores separados organizaban encuentros amistosos para entretenerse y no perder la forma. Pero como el club los había eliminado de los registros en la Unión, a la formación la llamaron Abelleyra XV (“Los Quince de Abelleyra”) y su camiseta no tuvo ninguna identificación con CASI.
Los suspendidos jugaron la última carta en los comicios de fin de año. Apostaron por una lista propia, encabezada por José María Pirán, pero Urien se impuso holgadamente. Perdida la elección y sin esperanza de que cambiara la situación, los disidentes optaron por dejar CASI y se concentraron en el proyecto que venían acuñando: fundar un club propio. Y al cumplirse exactamente cinco meses de aquel tercer tiempo con GEBA, se hizo realidad el anhelo y nació la otra entidad: San Isidro Club.
El 14 de diciembre de 1935 se dio el alumbramiento. Bajo el histórico algarrobo de la Quinta Pueyrredón, donde vivió el director supremo Juan Martín de Pueyrredón, se realizó la Asamblea Constituyente, con 400 socios fundadores y José María Pirán como presidente. Al principio, las divisiones juveniles jugaban y se entrenaban allí, en el bajo de la barranca de la Quinta, y la primera lo hacía en el Club Atlético de Arquitectura, de Núñez, hasta que en 1939 la institución compró parte del terreno actual, el de Boulogne. Una franja de tierra con dos zanjas: una, aledaña a la calle Blanco Encalada, y la otra, divisora del predio en dos partes. De allí surgió el apodo que los socios llevan con orgullo, “zanjeros”. Con el correr de los años se adquirió otra parcela, a un hombre que tenía una huerta, y allí quedó dibujada la actual cancha 1.
La primera comisión directiva de SIC estuvo constituida por Pirán como presidente y, como vocales, Lisandro Beláustegui, Fortunato Canevari, Jorge Claypole, Luis Cilley, Rafael Cullen, Juan Andrés Delpiano, H. D. Hughes, Elías Meyer Arana, Jorge Montes de Oca, Martín Martínez Castro, Felipe Meyer Arana, Rafael Peacan del Sar, José María Pirán Balcarce, Adolfo Pividal, Agustín de Vedia, Angus Stewart, Fernando Waitz, Jorge Stewart y David Millar.
Maureen Dolan, hermana de Mario y Heriberto, jugadores de la cuarta división en los primeros tiempos, se constituyó en una institución en SIC. Tenía diez años cuando se produjo el incidente del tercer tiempo, y en 2010, a pedido de LA NACION, rememoró lo que sucedía por aquellos días en San Isidro. “Éramos chicos y no teníamos la capacidad de discernir lo que estaba pasando, y todo era un revuelo. Algunos padres de nuestros amigos les tenían prohibido a sus hijos saludarnos por la calle. ¡Era increíble! Hubo abuelos que no dejaban entrar en su casa a los nietos que se habían ido a SIC. Gracias a Dios, eso se superó y ahora todos conviven con todos. Hasta hay matrimonios que se formaron con gente de uno y otro clubes, y casos de jugadores que empezaron en el rugby en uno y después se fueron al otro”, expresó Dolan. Un ejemplo de esa mudanza de una entidad a la otra fue el de ‘Cacho’ Morganti, el único jugador que salió campeón en la primera división en ambos clubes: en 1943, en CASI, y en 1948, en SIC.

Tricolor
Los colores identificatorios fueron aprobados en la misma asamblea de la fundación: celeste y blanco con un escudo en el medio. Y más adelante se convocó a un concurso para decidir el diseño definitivo de la camiseta. En él optaron por la idea de Guillermo Lanusse, uno de los fundadores. El hombre tomó el blanco y el celeste y agregó el negro, diseñando un modelo bastante similar al actual: una camiseta mayormente blanca con apenas dos tiras finas celestes y negras. Así quedaban incluidos todos los colores de CASI, hasta el celeste, presente en el escudo y en la camiseta de fútbol. Una manera de respetar a la institución que le había dado origen. Luego, en la década de los cuarentas, se modificó el dibujo de la casaca y quedó muy parecida a la del presente.
La migración de los mejores valores y varios de los proyectos en desarrollo permitieron al nuevo club empezar a competir con bases sólidas. El debut oficial en un certamen de la Unión se produjo pocos meses después, en el Torneo Invitación de 1936. La jornada inaugural tuvo lugar el domingo 3 de mayo y el flamante “Tricolor” cayó por 6-3 frente a Olivos. Y por un tiempo no logró levantar cabeza, ya que cosechó apenas tres victorias, frente a CUBA, Buenos Aires y Lomas. Una discreta actuación que lo posicionó cuarto en su zona. Luego hubo otro torneo, llamado “De Eliminación”, y el equipo de los Cilley llegó a la final, en la que Belgrano, el mejor de la temporada (campeón del Invitación), lo superó claramente. En ninguna de las dos competencias se cruzó con su vecino de barrio. Habría que esperar unos meses más para el primer choque, el que inauguró el historial.
El primer clásico
Para la temporada de 1937 la UAR introdujo cambios en el Torneo de Invitación: suprimió las zonas (todos se enfrentaron entre sí) y quitó los descensos. Intervinieron catorce equipos y los vecinos de San Isidro se vieron las caras por primera vez. El partido se desarrolló el domingo 9 de mayo en la cancha del Atlético, bajo una copiosa lluvia.

En las páginas de El Gráfico el periodista “Free Lance” se refirió al primer CASI-SIC. “Circunstancias ajenas al juego en sí, dan a este encuentro un carácter que de otro modo no tendría. Será la primera vez que se encuentren en partidos de la categoría superior las dos instituciones, surgida la una de una escisión en la otra, y alrededor de ese hecho se vienen bordando comentarios y vaticinios que me parecen francamente ridículos. Es lógico que exista una gran rivalidad y un enorme deseo de triunfar por ambas partes, pero creo conocer lo suficientemente bien a la mayoría de los jugadores de ambos teams para no inferirles el agravio de suponerlos capaces de otra cosa que jugar todo lo fuerte que puedan, pero dentro de la limpieza y corrección que les son habituales”. El autor, cuyo nombre real era “Hugo Mackern”, dio a SIC como favorito y basó el pálpito en la capacidad individual de sus jugadores. “Allí el San Isidro Club tiene una innegable ventaja”, consideró.
En efecto, SIC se adjudicó la victoria por 3-0, gracias a un penal anotado por Felipe Meyer Arana. Y a la semana siguiente Free Lance dejó escrito que “el SIC se había impuesto por el mínimo score en una lucha en la que había sido ligeramente favorable, pero dentro de un gran equilibrio de fuerzas” y en una cancha que estaba “más inundada que barrosa”. El conjunto ganador estuvo hasta el final del año en la pelea por el cetro. Al totalizar 20 puntos, acabó tercero, dos unidades por debajo de Old Georgian, el campeón. En cambio, el vencido en el clásico, afectado por las masivas deserciones, finalizó duodécimo, con apenas 7 puntos.

En ese lejano domingo otoñal de agua y barro nació un clásico. El clásico que dividió al barrio, el que generó la mayor antinomia en el rugby de Buenos Aires. Y que con el paso del tiempo fue profundizando la rivalidad. En San Isidro se es de uno o del otro, de CASI o de SIC. Y el resto pasa a segundo plano. “No hay otro partido, salvo los de los Pumas, que acapare la atención de éste”, coincidieron, palabras más, palabras menos, Rolando Martin, Juan Campero, Diego Pietranera, Fernando Morel, Diego Cash, Gabriel Travaglini, referentes de hoy de ambos clubes.

La rivalidad
“En 1935, en el CASI existían algunas diferencias, como pueden llegar a existir en cualquier club. Lo que hicieron algunos jugadores fue bajarse los calzones en un tercer tiempo. Fueron sancionados y decidieron irse”, confirmó desde su parte Diego Cash, uno de los mejores primeras líneas de la historia zanjera. “Ese episodio fue la piedra fundamental para que hoy exista San Isidro Club”, consideró, en su momento, Arturo Rodríguez Jurado. Y agregó: “Soy hijo de un socio fundador, y por relatos de mi padre, sé de cosas que fueron fundamentales para la separación del club, de las familias… Un hermano venía a SIC y otro se quedaba en CASI. Nos pasó a nosotros, les pasó a los Travaglini”, evocó ese emblema del Tricolor, fallecido a mediados de 2025.
Gabriel Travaglini, que hasta este jueves presidió la UAR, proviene de esa familia mencionada por Rodríguez Jurado. “Mi abuelo Adolfo había jugado en la primera de CASI, desde 1920 hasta 1930, una década en la cual el club salió campeón todos los años. Adolfo dejó de jugar en el ’30 y cuando vino la separación, se fue a SIC. Al dejar el rugby, a mi abuelo lo había agarrado el gusto por las cartas y los dados, y en SIC no tenían un lugar dónde se pudiera jugar. Entonces vino a CASI. Y cuando empezaron a aparecer mis tíos y mis primos, Carlos Travaglini, Alejandro y después yo, nos vinimos a CASI a jugar al rugby. Por eso siempre les digo a los de SIC que si hubieran hecho una sala de dados o de cartas, a lo mejor yo terminaba jugando en SIC”, relató el gran tercera línea de los años setentas y ochentas.
Años atrás, Diego Pietranera, hooker zanjero de los noventas y comienzos del nuevo siglo, se refirió al encono: “Es una rivalidad muy linda, muy sana, porque en definitiva compartimos amigos, familia, mucha historia de club”.

Andrés Courreges pudo ser uno de CASI que cruzara de vereda. Pero no lo hizo. El propio ‘Perica’ reveló para LA NACION esa historia: “A la vuelta de la gira del ’88 por Francia me enteré de que ‘Caña’ Varela entrenaba en CASI y decidí irme. Ya no estaba como para tanta exigencia, pero no quería abandonar. Tenía dos alternativas: Alumni y SIC. Y me iba a SIC. Iba a empezar ahí en el ’89. Pero a último momento, entre ‘Bambi’ Soares Gache y el ‘Gordo’ Lucke me convencieron de que no fuera. «Dejate de j…, vas a armar un q… Si venís, los jugadores van a empezar a cambiarse de club. Dejá», me dijeron”.

El encono de los primeros tiempos mencionado y descripto por Maureen Dolan se atenuó con el paso de las generaciones. Y hoy la animosidad es solamente deportiva y dura ochenta minutos. “Van al colegio juntos, tienen novias e hijos amigos…”, observó en una entrevista Nicanor González del Solar, Puma de la gira del ’65, periodista de dilatada trayectoria y ex jugador de CASI. “Somos primos hermanos. Muy distintos y totalmente complementarios. Nos gusta nuestra diversidad y cada uno es fiel a lo que siente”, opinó Cash. “Cuando empecé a jugar en el seleccionado, en 1978, me hice muy amigo de Tommy Petersen, de SIC, y los mediodías almorzaba en su casa. Y estábamos casi toda la semana juntos. Eso sí, cuando entraba a la cancha, era a matar o morir. Con las reglas del juego, pero a matar o morir”, resaltó Travaglini con una sonrisa. “El vínculo existente entre ambos clubes supera la rivalidad y la batalla de la cancha”, destacó alguna vez Arturo Rodríguez Jurado.

CASI y SIC. La historia de un acuerdo y una ruptura. Una añeja rivalidad que se circunscribe a los partidos entre los grandes protagonistas de la República del Rugby.















