Tuvo los primeros síntomas a fines de 2018; sigue pedaleando en duras competencias y lanza un mensaje esperanzador: “Es posible vivir con esta enfermedad”
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a primera señal de alarma que recibió Alejandro Carcano fue su caligrafía. Una compañera de trabajo le repetía incansablemente: “Ale, no te entiendo la letra. Escribís muy chiquito”. Inicialmente le restó importancia, pero se encendieron las luces rojas cuando se encontró con los mismos remitos y facturas hechos tres años atrás, donde la escritura era clara y redonda, no como la que tenía en ese momento, minúscula y apiñada.
“Lo primero que hice fue consultar al médico al que vamos todos: Google. Y lo que encontré no me dejó tranquilo”, le cuenta a LA NACION “Chuky” Carcano. “La micrografía es la escritura pequeña, inclinada e ilegible que a menudo es un síntoma de la enfermedad de Parkinson”, fue lo que leyó Alejandro en la página web que describía los síntomas de esta patología. La primera reacción fue pensar que era imposible que una persona de solo 47 años, que recorría 2000 kilómetros por mes en bicicleta, pudiera padecer esa enfermedad, imaginable más propia en ancianos. Pero al mismo tiempo, y durante esos últimos meses de 2018, algunos síntomas lo habían incomodado. “Sentía falta de precisión en la motricidad fina y torpeza en algunos movimientos como sostener un tendedor para pescar un fideo del plato. Esas cosas me decidieron a consultar a un médico”, explica Alejandro, que entonces acudió a un neurólogo.
Una tomografía, y luego una serie de controles clínicos, orientaron el diagnóstico que se terminó de confirmar a partir de un análisis de sangre. “Mi primera reacción fue esconderme abajo del colchón. Durante meses viví sumergido en una gran depresión que disimulaba poniendo mi mejor cara y sin contar lo que estaba sufriendo. Mi problema era que trabajaba con mi cuerpo. Daba clases de spinning, corría en bicicleta, salía a pedalear con mis alumnos. Sentía como una enorme contradicción, y tener una enfermedad así era una emboscada de la vida. Pensaba que todo mi mundo se iba a desmoronar y no quería que me miren con compasión, ni dar lástima”, relata Chuky que se ganó ese apodo por el espíritu combativo que forjó compitiendo en el triatlón.
Carcano participó en decenas de carreras cortas, pero su mayor logro fue finalizar diez Ironman, una modalidad que se compone de tres etapas: 3,8 kilómetros nadando, 180 en bicicleta y 42 corriendo a pie. “Mi sueño fue clasificarme para Hawaii, donde se corre el Mundial de esta especialidad. Estuve muy cerca de lograr el tiempo necesario, pero luego de varios intentos y de muchos años dedicados a alcanzar ese objetivo, me cansé y cambié por la bici, que es mi verdadera pasión”.

La ayuda para salir del pozo en el que Alejandro se hundía fue la esperanza que depositó en los resultados posteriores a recibir la medicación indicada para el tratamiento de Parkinson. “Cuando comencé a tomar la dopamina noté un cambio positivo y eso me decidió a hablar de mi enfermedad con mi entorno más cercano. Contar lo que me pasaba fue una buena decisión porque sentí que me sacaba un peso de encima y a partir de ese momento mi relación con la enfermedad dio un vuelco. Me comencé a amigar con el Parkinson”, cuenta Alejandro, que nunca se bajó de su bicicleta, siguió sumando cientos de kilómetros y buscando desafíos más allá de las dificultades que se le presentaban.
“A mí me gusta hacer cosas que el resto de la gente piensa que son imposibles”, afirma, al contar que decidió participar en una competencia que muchos le desaconsejaron por lo dura: La IncaDevide. Se trata de una carrera de 1600 kilómetros, a 5000 metros de altura, que se realiza en el norte de Perú en la que la modalidad es la autosuficiencia porque los ciclistas deben llevar todo lo necesario para dormir y comer en el camino. “Acompañé a un alumno, Juan Venturino, y fue una experiencia increíble. Una carrera durísima, en una zona hermosa y detenida en el tiempo. Arrancamos 60 corredores y yo fui el número 12 en finalizar. En realidad, no terminé porque llegué después del tiempo de corte estipulado, pero estaba decidido a completar el recorrido y cruzar el arco de llegada”, explica acerca de su primera experiencia en el bikepacking, que es como se define a esta modalidad de ciclismo.

Las explicaciones de Carcano son pausadas y están cargadas de una cadencia sutil que hace sospechar que elige las palabras y construye su relato a un ritmo diferente al que fluyen sus ideas. Arma sus descripciones con frases escuetas e imágenes recortadas y da algunos rodeos que no dejan descifrar si se trata de una persona acostumbrada a vivir el mundo en soledad, metido en sus pensamientos, o si el Parkinson le está robando expresividad. Es posible que haya algo de las dos. Pero se vale de evidencias que ayudan a construir la historia y la llenan de sentido más allá de las palabras.
A su excursión por Perú le siguió la Across Andes en Chile, que son 1000 kilómetros y 15.000 metros de desnivel en la Patagonia y, además, le sumó miles de kilómetros pedaleando por casi toda Argentina, armando los recorridos de las carreras de ultrabike que comenzó a organizar cómo un nuevo desafío profesional.
“El Parkinson está siempre presente, pero yo prefiero mirar hacia adelante, para atrás no vale la pena; por eso me planteo nuevos objetivos. Después de la pandemia, a principio de 2022, un alumno que había participado en varias de las carreras de ultrabike que hago, me propuso hacer North Cape 4.000 y me entusiasmó la idea”, cuenta Chuky, en alusión a lo que fue el mayor desafío que afrontó hasta el momento. Se trata de una carrera de autosuficiencia, que comienza en el norte de Italia, y luego de atravesar siete países de Europa y de recorrer algo más de 4.000 kilómetros, finaliza en Noruega, en el Cabo Norte.

“Cuando me contó acerca de la North Cape y que iba a correrla le dije que estaba loco. Después entré en la página de la carrera y me informé con más detalle para entender bien de qué se trataba. Lo llamé y le dije «Chuky, vos no estás loco. Estás totalmente loco»”, cuenta para LA NACION Alejandro Di Maio, amigo y compañero de ruta de Alejandro. “Yo sabía que cuando se le pone algo en la cabeza es imposible pararlo. A Ale le he visto hacer cosas increíbles. Me acuerdo de una carrera en Perú, en la que la altura lo afectó mucho. Me manda una foto y veo que su cara está totalmente deformada, edematizado y le digo: «Chucky, abandoná ya mismo y que te vea un médico». Al toque me respondió «sí voy a ver a un médico, pero en la llegada»”.
Alejandro le sumó dificultad a la North Cape que corrió en julio de 2022 porque a la dureza propia de la competencia le agregó su particular estilo. Pedaleó los 4000 kilómetros solo, con muy poco presupuesto y durmiendo donde encontraba un lugar. “Mi plan de carrera fue simple pero consistente: andar 250 kilómetros por día a un ritmo tranquilo, buscar un techo para dormir y un enchufe para cargar el teléfono. Descansar cuando el cuerpo me lo pidiera, y comer cuando hubiera ocasión”, relata Carcano que, con 55 años, fue uno de los 187 ciclistas que logró arribar a Nordkapp, la pequeña localidad noruega, luego de 17 días surcando rutas europeas. Fue uno de los 350 que partieron de Rovereto en Italia, y se convirtió, junto con Nicolás Romero Herrera, en uno de los dos argentinos en finalizar, por primera vez la mítica competencia.

Una nota periodística, posterior a la carrera fue la que terminó de correr el velo y la que generó un cambio en su manera de vivir la enfermedad y de hacia dónde enfocar sus objetivos. “El mismo día que esa entrevista salió publicada recibí una cantidad enorme de llamados y de mensajes de gente allegada y de conocidos que no sabían de mi enfermedad. En ese momento me di cuenta de que era importante contar acerca de lo que me ocurría. Descubrí que la manera en la que lo vivo y mi experiencia pueden ayudar a otras personas que están pasando por una situación similar”, afirma Alejandro.
Pero el disparador para darle una forma definitiva a su lucha contra el Parkinson fue el contacto que estableció con el investigador Fernando Pitossi, luego de recibir información respecto de los avances del proyecto de trabajo del equipo que él lidera. Pitossi es un bioquímico, egresado de la Universidad de Buenos Aires, doctor en Ciencias Biológicas, jefe del laboratorio de Terapias regenerativas y protectoras del sistema nervioso central en la Fundación Instituto Leloir-IIBBA (Conicet), abocado a buscar tratamientos que disminuyan el sufrimiento en enfermos de Parkinson.
Alejandro se enteró de la tarea de Pitossi, de los avances en su proceso de investigación acerca del trasplante de neuronas mediante las células madre y de cómo esto podría ser un tratamiento promisorio para la enfermedad de Parkinson. En una entrevista Pitossi explicaba: “Hay ensayos clínicos en curso, pero todavía no hay nada nuevo para ofrecerles a los pacientes”. La curiosidad, y su búsqueda por encontrar alternativas para enfrentar al Parkinson fueron el motor para que Chuky se ponga en contacto con Pitossi sabiendo que el investigador no era un médico y que no sería él quien le aporte un tratamiento concreto.
“Desde un primer momento tuve claro que Pitossi no era quien me podía brindar una cura o un paliativo para mi enfermedad, pero comencé a pensar que, si una persona estaba trabajando para una solución, yo tenía que ayudarlo”, sostiene Carcano, en referencia a los motivos por los cuales se interesó por la tarea del investigador.
En la actualidad, Fernando Pitossi es investigador del CONICET y se desempeña en el Instituto Leloir, pero, como muchos otros comenzó trabajando en el exterior. Luego de finalizar su carrera de grado, recibió una beca para trabajar en Suiza donde vivió un año y medio. Después continuo su tarea y su formación en Alemania y en 1997, luego de formar una familia y de que naciera su primera hija, decide volver a nuestro país.
“Argentina duele, pero cuando estás afuera duele mucho más. Tenía enormes posibilidades, y un futuro económico y profesionalmente resuelto, porque me ofrecieron una posición permanente como investigador abocado al Parkinson que era el tema que me interesaba, lo que implicaba tener buena parte de mi vida resuelta, pero había cosas que no me cerraban. En una oportunidad fuimos a la casa de unos amigos y cuando me agaché para darle un beso al hijo de tres años él me extiende la mano. En ese momento pensé: esto no es lo que quiero para mi hija”, le dice el investigador del CONICET a LA NACION. Por eso se volvió al país.
En un principio Pitossi evitó el encuentro con Alejandro, quien lo había contactado a través de una persona en común. “Siempre fui muy reticente a establecer vínculos con personas con esta enfermedad, más allá de que yo investigo temas estrictamente relacionados porque no soy un médico y no tengo nada para ofrecerles. Me da temor pensar que el otro no va a entender esto y que se pueden generar expectativas que no voy a poder cumplir, pero en el caso de Alejandro fue muy diferente”, explica Pitossi y agrega: “Sentí que era una persona en la que podía confiar y con un deseo ferviente de ayudar. Se estableció una afinidad emocional muy fuerte y un deseo muy claro de los dos de poder disminuir el sufrimiento del enfermo de Parkinson, que es mi objetivo”, destaca Fernando que deja muy claro que su rol sigue siendo el de investigador y que la intención de Alejandro es apoyar el proyecto que el lidera.
Conocer a Pitossi personalmente fue revelador para Alejandro. Se encontró con una persona simple y cálida. “La charla con Fernando fue muy motivadora. Me quedó claro que los tiempos de la investigación son largos y es probable que yo no llegue a recibirlos, en caso de que avancen, pero me dije: ¡es por acá! Y a partir de ahí me decidí a ayudar a que esto se concrete”, afirma Carcano, que comenzó a darle forma a una fundación llamada INDEPAR (Investigación, Deporte y Parkinson) con la que espera recaudar fondos para apoyar el proyecto de investigación que llevan adelante Pitossi y su equipo de trabajo en el Instituto Leloir.
Los planes de Alejandro son ambiciosos y la misma energía con la que decidió cruzar casi la mitad de Europa en solitario hoy las aboca a INDEPAR y a un proyecto próximo que bautizó “Transpampeana”. Se trata de una carrera de bicicletas que se realizará del 1 al 4 de marzo, en cuatro 4 que recorrerán 500 kilómetros de caminos rurales, desde Torres hasta hasta Pellegrini, en la provincia de Buenos Aires. “Durante los últimos meses recorrí en bici a ambos lados de la ruta 5, para armar la mejor ruta posible que refleje el espíritu de la llanura pampeana”, relata Alejandro que acumuló ciento de kilómetros parando por pueblos y descubriendo caminos del interior de la provincia de Buenos Aires para darle forma a una carrera que seguramente será hostil pero al mismo tiempo por lo memorable.
Alejandro es distinto, un poco obstinado, pero está lejos de ser un imprudente. Los casi 180.000 kilómetros que recorrió en los últimos ocho años son su principal credencial y su intención de mantenerse en movimiento y pedaleando distancias que suenan imposibles son su manera de presentarle batalla a la realidad que le toca vivir. Esta es la manera en que el decide darle pelea a esta enfermedad impiadosa pero no imposible de sobrellevar.
La Transpampeana es el hito más cercano de una agenda que se va armando sobre la marcha, pero que ya tiene otras actividades programadas. El 13 de abril, cuando se celebra el Dia Mundial de la Concientización del Parkinson, INDEPAR realizará una caminata en Palermo que incluirá una charla de Carcano y otros invitados, aunque su mayor expectativa esta puesta en una serie de presentaciones que realizará por las capitales de Sudamérica donde quiere llevar su mensaje y a dónde planea llegar en bicicleta. ”Yo quiero contarle a quien quiera oírme, pero sobre todo a los que tienen esta enfermedad y a su familia, que es posible vivir con el Parkinson”, sostiene Alejandro, que arriba de las dos ruedas y acumulando kilómetros firma lo que dice.
Fuente:
Una tomografía, y luego una serie de controles clínicos, orientaron el diagnóstico que se terminó de confirmar a partir de un análisis de sangre. “Mi primera reacción fue esconderme abajo del colchón. Durante meses viví sumergido en una gran depresión que disimulaba poniendo mi mejor cara y sin contar lo que estaba sufriendo. Mi problema era que trabajaba con mi cuerpo. Daba clases de spinning, corría en bicicleta, salía a pedalear con mis alumnos. Sentía como una enorme contradicción, y tener una enfermedad así era una emboscada de la vida. Pensaba que todo mi mundo se iba a desmoronar y no quería que me miren con compasión, ni dar lástima”, relata Chuky que se ganó ese apodo por el espíritu combativo que forjó compitiendo en el triatlón.
Carcano participó en decenas de carreras cortas, pero su mayor logro fue finalizar diez Ironman, una modalidad que se compone de tres etapas: 3,8 kilómetros nadando, 180 en bicicleta y 42 corriendo a pie. “Mi sueño fue clasificarme para Hawaii, donde se corre el Mundial de esta especialidad. Estuve muy cerca de lograr el tiempo necesario, pero luego de varios intentos y de muchos años dedicados a alcanzar ese objetivo, me cansé y cambié por la bici, que es mi verdadera pasión”.

La ayuda para salir del pozo en el que Alejandro se hundía fue la esperanza que depositó en los resultados posteriores a recibir la medicación indicada para el tratamiento de Parkinson. “Cuando comencé a tomar la dopamina noté un cambio positivo y eso me decidió a hablar de mi enfermedad con mi entorno más cercano. Contar lo que me pasaba fue una buena decisión porque sentí que me sacaba un peso de encima y a partir de ese momento mi relación con la enfermedad dio un vuelco. Me comencé a amigar con el Parkinson”, cuenta Alejandro, que nunca se bajó de su bicicleta, siguió sumando cientos de kilómetros y buscando desafíos más allá de las dificultades que se le presentaban.
“A mí me gusta hacer cosas que el resto de la gente piensa que son imposibles”, afirma, al contar que decidió participar en una competencia que muchos le desaconsejaron por lo dura: La IncaDevide. Se trata de una carrera de 1600 kilómetros, a 5000 metros de altura, que se realiza en el norte de Perú en la que la modalidad es la autosuficiencia porque los ciclistas deben llevar todo lo necesario para dormir y comer en el camino. “Acompañé a un alumno, Juan Venturino, y fue una experiencia increíble. Una carrera durísima, en una zona hermosa y detenida en el tiempo. Arrancamos 60 corredores y yo fui el número 12 en finalizar. En realidad, no terminé porque llegué después del tiempo de corte estipulado, pero estaba decidido a completar el recorrido y cruzar el arco de llegada”, explica acerca de su primera experiencia en el bikepacking, que es como se define a esta modalidad de ciclismo.

Las explicaciones de Carcano son pausadas y están cargadas de una cadencia sutil que hace sospechar que elige las palabras y construye su relato a un ritmo diferente al que fluyen sus ideas. Arma sus descripciones con frases escuetas e imágenes recortadas y da algunos rodeos que no dejan descifrar si se trata de una persona acostumbrada a vivir el mundo en soledad, metido en sus pensamientos, o si el Parkinson le está robando expresividad. Es posible que haya algo de las dos. Pero se vale de evidencias que ayudan a construir la historia y la llenan de sentido más allá de las palabras.
A su excursión por Perú le siguió la Across Andes en Chile, que son 1000 kilómetros y 15.000 metros de desnivel en la Patagonia y, además, le sumó miles de kilómetros pedaleando por casi toda Argentina, armando los recorridos de las carreras de ultrabike que comenzó a organizar cómo un nuevo desafío profesional.
“El Parkinson está siempre presente, pero yo prefiero mirar hacia adelante, para atrás no vale la pena; por eso me planteo nuevos objetivos. Después de la pandemia, a principio de 2022, un alumno que había participado en varias de las carreras de ultrabike que hago, me propuso hacer North Cape 4.000 y me entusiasmó la idea”, cuenta Chuky, en alusión a lo que fue el mayor desafío que afrontó hasta el momento. Se trata de una carrera de autosuficiencia, que comienza en el norte de Italia, y luego de atravesar siete países de Europa y de recorrer algo más de 4.000 kilómetros, finaliza en Noruega, en el Cabo Norte.

“Cuando me contó acerca de la North Cape y que iba a correrla le dije que estaba loco. Después entré en la página de la carrera y me informé con más detalle para entender bien de qué se trataba. Lo llamé y le dije «Chuky, vos no estás loco. Estás totalmente loco»”, cuenta para LA NACION Alejandro Di Maio, amigo y compañero de ruta de Alejandro. “Yo sabía que cuando se le pone algo en la cabeza es imposible pararlo. A Ale le he visto hacer cosas increíbles. Me acuerdo de una carrera en Perú, en la que la altura lo afectó mucho. Me manda una foto y veo que su cara está totalmente deformada, edematizado y le digo: «Chucky, abandoná ya mismo y que te vea un médico». Al toque me respondió «sí voy a ver a un médico, pero en la llegada»”.
Alejandro le sumó dificultad a la North Cape que corrió en julio de 2022 porque a la dureza propia de la competencia le agregó su particular estilo. Pedaleó los 4000 kilómetros solo, con muy poco presupuesto y durmiendo donde encontraba un lugar. “Mi plan de carrera fue simple pero consistente: andar 250 kilómetros por día a un ritmo tranquilo, buscar un techo para dormir y un enchufe para cargar el teléfono. Descansar cuando el cuerpo me lo pidiera, y comer cuando hubiera ocasión”, relata Carcano que, con 55 años, fue uno de los 187 ciclistas que logró arribar a Nordkapp, la pequeña localidad noruega, luego de 17 días surcando rutas europeas. Fue uno de los 350 que partieron de Rovereto en Italia, y se convirtió, junto con Nicolás Romero Herrera, en uno de los dos argentinos en finalizar, por primera vez la mítica competencia.

Una nota periodística, posterior a la carrera fue la que terminó de correr el velo y la que generó un cambio en su manera de vivir la enfermedad y de hacia dónde enfocar sus objetivos. “El mismo día que esa entrevista salió publicada recibí una cantidad enorme de llamados y de mensajes de gente allegada y de conocidos que no sabían de mi enfermedad. En ese momento me di cuenta de que era importante contar acerca de lo que me ocurría. Descubrí que la manera en la que lo vivo y mi experiencia pueden ayudar a otras personas que están pasando por una situación similar”, afirma Alejandro.
Pero el disparador para darle una forma definitiva a su lucha contra el Parkinson fue el contacto que estableció con el investigador Fernando Pitossi, luego de recibir información respecto de los avances del proyecto de trabajo del equipo que él lidera. Pitossi es un bioquímico, egresado de la Universidad de Buenos Aires, doctor en Ciencias Biológicas, jefe del laboratorio de Terapias regenerativas y protectoras del sistema nervioso central en la Fundación Instituto Leloir-IIBBA (Conicet), abocado a buscar tratamientos que disminuyan el sufrimiento en enfermos de Parkinson.
Alejandro se enteró de la tarea de Pitossi, de los avances en su proceso de investigación acerca del trasplante de neuronas mediante las células madre y de cómo esto podría ser un tratamiento promisorio para la enfermedad de Parkinson. En una entrevista Pitossi explicaba: “Hay ensayos clínicos en curso, pero todavía no hay nada nuevo para ofrecerles a los pacientes”. La curiosidad, y su búsqueda por encontrar alternativas para enfrentar al Parkinson fueron el motor para que Chuky se ponga en contacto con Pitossi sabiendo que el investigador no era un médico y que no sería él quien le aporte un tratamiento concreto.
“Desde un primer momento tuve claro que Pitossi no era quien me podía brindar una cura o un paliativo para mi enfermedad, pero comencé a pensar que, si una persona estaba trabajando para una solución, yo tenía que ayudarlo”, sostiene Carcano, en referencia a los motivos por los cuales se interesó por la tarea del investigador.
En la actualidad, Fernando Pitossi es investigador del CONICET y se desempeña en el Instituto Leloir, pero, como muchos otros comenzó trabajando en el exterior. Luego de finalizar su carrera de grado, recibió una beca para trabajar en Suiza donde vivió un año y medio. Después continuo su tarea y su formación en Alemania y en 1997, luego de formar una familia y de que naciera su primera hija, decide volver a nuestro país.
“Argentina duele, pero cuando estás afuera duele mucho más. Tenía enormes posibilidades, y un futuro económico y profesionalmente resuelto, porque me ofrecieron una posición permanente como investigador abocado al Parkinson que era el tema que me interesaba, lo que implicaba tener buena parte de mi vida resuelta, pero había cosas que no me cerraban. En una oportunidad fuimos a la casa de unos amigos y cuando me agaché para darle un beso al hijo de tres años él me extiende la mano. En ese momento pensé: esto no es lo que quiero para mi hija”, le dice el investigador del CONICET a LA NACION. Por eso se volvió al país.
En un principio Pitossi evitó el encuentro con Alejandro, quien lo había contactado a través de una persona en común. “Siempre fui muy reticente a establecer vínculos con personas con esta enfermedad, más allá de que yo investigo temas estrictamente relacionados porque no soy un médico y no tengo nada para ofrecerles. Me da temor pensar que el otro no va a entender esto y que se pueden generar expectativas que no voy a poder cumplir, pero en el caso de Alejandro fue muy diferente”, explica Pitossi y agrega: “Sentí que era una persona en la que podía confiar y con un deseo ferviente de ayudar. Se estableció una afinidad emocional muy fuerte y un deseo muy claro de los dos de poder disminuir el sufrimiento del enfermo de Parkinson, que es mi objetivo”, destaca Fernando que deja muy claro que su rol sigue siendo el de investigador y que la intención de Alejandro es apoyar el proyecto que el lidera.
Conocer a Pitossi personalmente fue revelador para Alejandro. Se encontró con una persona simple y cálida. “La charla con Fernando fue muy motivadora. Me quedó claro que los tiempos de la investigación son largos y es probable que yo no llegue a recibirlos, en caso de que avancen, pero me dije: ¡es por acá! Y a partir de ahí me decidí a ayudar a que esto se concrete”, afirma Carcano, que comenzó a darle forma a una fundación llamada INDEPAR (Investigación, Deporte y Parkinson) con la que espera recaudar fondos para apoyar el proyecto de investigación que llevan adelante Pitossi y su equipo de trabajo en el Instituto Leloir.
Los planes de Alejandro son ambiciosos y la misma energía con la que decidió cruzar casi la mitad de Europa en solitario hoy las aboca a INDEPAR y a un proyecto próximo que bautizó “Transpampeana”. Se trata de una carrera de bicicletas que se realizará del 1 al 4 de marzo, en cuatro 4 que recorrerán 500 kilómetros de caminos rurales, desde Torres hasta hasta Pellegrini, en la provincia de Buenos Aires. “Durante los últimos meses recorrí en bici a ambos lados de la ruta 5, para armar la mejor ruta posible que refleje el espíritu de la llanura pampeana”, relata Alejandro que acumuló ciento de kilómetros parando por pueblos y descubriendo caminos del interior de la provincia de Buenos Aires para darle forma a una carrera que seguramente será hostil pero al mismo tiempo por lo memorable.
Alejandro es distinto, un poco obstinado, pero está lejos de ser un imprudente. Los casi 180.000 kilómetros que recorrió en los últimos ocho años son su principal credencial y su intención de mantenerse en movimiento y pedaleando distancias que suenan imposibles son su manera de presentarle batalla a la realidad que le toca vivir. Esta es la manera en que el decide darle pelea a esta enfermedad impiadosa pero no imposible de sobrellevar.
La Transpampeana es el hito más cercano de una agenda que se va armando sobre la marcha, pero que ya tiene otras actividades programadas. El 13 de abril, cuando se celebra el Dia Mundial de la Concientización del Parkinson, INDEPAR realizará una caminata en Palermo que incluirá una charla de Carcano y otros invitados, aunque su mayor expectativa esta puesta en una serie de presentaciones que realizará por las capitales de Sudamérica donde quiere llevar su mensaje y a dónde planea llegar en bicicleta. ”Yo quiero contarle a quien quiera oírme, pero sobre todo a los que tienen esta enfermedad y a su familia, que es posible vivir con el Parkinson”, sostiene Alejandro, que arriba de las dos ruedas y acumulando kilómetros firma lo que dice.
















