El triunfo de Francisco Cerúndolo le da vida al equipo nacional, que se juega la clasificación en la ciudad de Espoo.
La faena acaba con 7 grados bajo cero. En el estadio, sin embargo, el fuego: los finlandeses gritan, saltan y cantan, de a ratos, como si fueran argentinos en la final de un Mundial. Es un escenario cerrado, bajo techo, en condiciones incómodas, aunque no imposibles y es… la Copa Davis. La maldita Copa Davis, más allá de que la Argentina la logró una vez, con Juan Martín del Potro como bandera.
Ya no está Delpo, tampoco sus lugartenientes. Diego Schwartzman, un ex top ten, anda en otra sintonía. Y el sufrimiento es una postal inalterable en la historia del equipo argentino, con lluvia o sol, con frío polar o a carne viva. Con Guillermo Vilas, con Batata Clerc, con el Rey David. Casi, casi siempre fue un suplicio.
Francisco Cerúndolo gana, con imágenes de un top 30 y con retazos de un número 100. Sufre, grita, saluda con cordialidad a un rival en la teoría numérica inferior (un atrevido, que juega con la gente y hasta el último punto piensa que va a ganar) y se desahoga. “Vamos carajo”, grita. Una vez, dos veces. Y al rato, como un caballero, saluda a los cuatro costados. Cerúndulo le da vida a la Argentina.
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