//Principeo Francescoli

Principeo Francescoli

Un 24/4/83 debutaba en River uno de sus máximos ídolos.

Un 24 de abril, pero del 83, Enzo debutaba en River con un triunfo frente a Huracán. 37 años después, el amor por él se hizo eterno.

Después de una novela, la llegada a River de ese flaquito desgarbado, tímido y silencioso pero con pasta de crack se consumó. José Varacka logró secarse las gotas de sudor que le brotaban de la frente y apenas lo vio entrar al Monumental, lo agarró del brazo y se lo llevó a la concentración. El River del 83 andaba torcido, tanto como la economía del club, y ese purrete de 21 años se convertía en esperanza. Tuvo su primera práctica esa mañana de viernes y dos días después, el domingo 24 de abril de 1983, en el 1 a 0 ante Huracán escuchó el “u-ru-guayo, u-ru-guayo” que bajaba de las tribunas del Monumental y que se transformaría en leyenda. Como él.

Así, hace 37 años, Enzo Francescoli arrancaba su historia de amor eterno con River. Pero como en toda historia que involucre al corazón, para llegar a ser el Príncipe debió pasar por las desventuras de un mendigo. Ese muchacho de pocas palabras, que ya había demostrado su calidad cuando ganó el Sudamericano 81 con la Sub 20 de su país y que la venía rompiendo en el modesto Montevideo Wanderers, ahora tenía que alzar la voz en un equipo grande pero en caída libre. Porque River transitaba una realidad compleja, tanto a nivel financiero como futbolístico, y necesitaba reconstruirse tras las partidas del DT Alfredo Di Stéfano y de emblemas como Passarella, Ramón Díaz, Kempes y Alonso​, a quien -le achacaban- debía suceder…

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Y si bien tres días después de su debut ya convertiría su primer gol (fue el 1-0 a Ferro, en Caballito), la realidad es que le costó hacerse su lugar y entender que su vida no iba a ser tan sencilla como la que había tenido en Capurro, el barrio en el que nació. Enzo, nombre que en River habían escuchado por primera vez en Punta del Este cuando el dueño de un restaurante se lo recomendó al ex dirigente Ernesto Homsani, no se salvó de las críticas de los hinchas ni de ser parte del equipo que ese torneo Metropolitano finalizó penúltimo. “Me daba cuenta antes que nadie que no estaba jugando bien. Sentía a la gente decepcionada conmigo”, explicaba por entonces en El Gráfico. Pero ese 9 flacucho no sabía lo que afloraría después de ese revés… ¿Y qué llegó? Su momento. El de su explosión en el fútbol argentino (marcó 24 goles en el Metro del año siguiente), el de los llamados a la selección uruguaya (jugó dos Mundiales y fue campeón de tres Copa América: 83, 87 y 95) y el del primero de los títulos que dejarían encendidas las llamas del amor con River, ya con el Beto de regreso en el club: el campeonato 85/86 que lo erigió como máximo artillero con 25 gritos. Pero ésa fue apenas la primera parte de un romance que tuvo un impasse y que sirvió para hacer más fuere un lazo que será eterno.

El Príncipe, jugador fino y de movimientos líricos, utilizó sus casi ocho años en Europa (Racing de París, Marsella, Cagliari y Torino) para perfeccionar su tremenda técnica y volver a River convertido en un verdadero lord de 33 años. Porque, vamos, era mito esto de que las segundas partes nunca fueron buenas… El reencuentro con el hincha, y en medio de una realidad totalmente diferente, selló un vínculo sentimental con el uruguayo. Pieza clave en esa época gloriosa del club y que se tradujo en conquistas que marcaron a River a futuro y capitán del equipo histórico de Ramón, les dejó un legado a jóvenes cracks como Crespo, Ortega y un tal Marcelo Gallardo​, con quien hoy transita otro camino inolvidable.

En definitiva, la historia de un amor inmEnzo.

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Un flaquito que la rompía​

Cuando llegó, Enzo era bastante tímido y tranquilo. Él extrañaba, tenía a toda su familia en Uruguay, pero de a poquito fue superando el tema de haberse venido a vivir a Argentina. En las primeras prácticas yo salí asombrado: era un flaquito que la rompía, una cosa de locos. Pero llegaban los domingos y le costaba eso de adaptarse al ritmo del fútbol argentino y a un grande como River. Él venía de un club más chico en Uruguay. Tenía potencia, velocidad, hacía goles, era guapo, pero claro, con 60.000 personas no es lo mismo. Cuando le agarró el gustito, fue lo que todos sabemos. Me acuerdo de que una vez le dije: “Enzo, quedate tranquilo que vos tenés todas las armas para triunfar en River”. Hablaba mucho con él, lo trataba de guiar. Le hacía hincapié en que le diera para adelante, que no se bajoneara. Para mí, él y Alonso son los dos máximos ídolos de la historia, aunque al Beto lo pongo arriba.​

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Fuente: Silvio Favale Silvio Favale – Olé / JR – www.actualidaddeportiva.com.ar – Fotos: Olé