//El día que secuestraron a Fangio

El día que secuestraron a Fangio

Antes del Gran Premio de Cuba de 1958, un movimiento revolucionario tuvo cautivo al Quíntuple durante 48 horas. El Chueco cuenta uno de los hechos más increíbles de su vida.

Por el año 1958, Juan Manuel Fangio era una celebridad a nivel internacional. Venía de conquistar su quinto título mundial y su popularidad estaba en la cresta de la ola. Si algo faltaba para confirmarlo fue el curioso episodio del que fue víctima en Cuba por parte del Movimiento 26 de Julio. El grupo revolucionario que encabezaba Fidel Castro, consciente de la fama y el prestigio del piloto argentino, no tuvo mejor idea que secuestrarlo para dar un gran golpe de efecto.

El Chueco había viajado a La Habana para correr una Maserati 450S propiedad de un norteamericano. “En las pruebas me di cuenta de que el auto era ingobernable, yo había manejado modelos similares y nunca tuve problemas. Pero allí cada vez que tomaba la avenida costanera me veía al borde del desastre… Después los mecánicos descubrieron que había cinco centímetros de diferencia en la trocha entre las ruedas de un lado y del otro.”

El Chueco y Fulgencio Batista, presidente cubano, se dan la mano. Fue el día mismo del secuestro.

Preocupado por esos inconvenientes, Fangio llegó al hotel Lincoln, se duchó y se instaló en el lobby junto con sus mecánicos y amigos. “Les estaba hablando del problema de mi coche cuando veo entrar un muchacho con una pistola en la mano preguntando por mí. Yo me di vuelta y él me reconoció de inmediato. Me dijo que era del Movimiento 26 de Julio y me explicó que lo iba a tener que acompañar. Además, me adivirtió: ‘Si alguno se mueve, las consecuencias serán para usted’. Yo tenía un custodio personal, pensé que éste iba a dispararle y entonces yo me arrojaría al piso, como en las películas. Pero no pasó nada de eso…”, recordaba el Quíntuple.

El titular de “Clarín”, luego de que Fangio recuperara la libertad.

“Salimos a la calle, caminamos 30 metros y en la esquina nos esperaban varios autos. Me hicieron subir en un Plymouth negro, que yo calculé que sería modelo 47. Allí dentro vi al chofer y a un muchacho con una ametralladora, que fue muy claro conmigo: ‘Señor Fangio, nos resulta penoso causarle este disgusto, pero quédese tranquilo que no le haremos ningún daño’. Yo me achiqué todo lo que pude dentro del auto y pensé que me llevaban a Sierra Maestra, a la montaña. Sabía que existía todo eso porque algo había leído.” Pero sus pistas eran falsas. Lo llevaron a una casa a la que se accedía sólo por una escalera de incendio. El Chueco recuerda haber entrado a un cuarto donde estaban una mujer y un chico. Suponía que en la habitación de al lado había un hombre enfermo o herido. “La señora me pidió un autógrafo para el nene. Le puse la dedicatoria, la fecha y firmé. Al rato vinieron otros dos muchachos y me llevaron a otra casa. Luego cambiamos de auto por tercera vez y fuimos a una residencia en El Vedado, la parte aristocrática de La Habana. Yo veía todo porque nunca me vendaron los ojos…”

Allí dentro había mucha gente y el ambiente era tenso. Entonces afloró el humor y la espontaneidad del balcarceño. “Felicítenlo al que me secuestró, lo hizo muy bien”, dijo. Y todos empezaron a abrazarse entre sí. “Como entramos en confianza yo me animé y aproveché para decirles que tenía hambre. Cenamos papas fritas y huevos en el patio.”

A la mañana siguiente, junto con el desayuno llegaron los diarios. El secuestro era tema de tapa en todos los medios. “Entonces conocí a Faustino Pérez, quien me garantizó que se comunicaría con mi familia para decirle que yo estaba bien. También me confesó que en realidad el operativo había sido planeado el año pasado y que me había salvado porque esa noche salí a ver una película de Gary Cooper… Luego se acercaron un montón de jóvenes que querían hablar conmigo, explicarme por qué luchaban. A uno el gobierno de Batista le había matado un hermano, al otro un pariente o una novia.”

Fangio en el momento de su liberación. Fue en la embajada argentina en La Habana. El piloto elogió a sus secuestradores y se conmovió con la causa revolucionaria.

La carrera estaba por empezar y la discusión ahora pasaba por la liberación. Los secuestradores buscaban el lugar ideal para dejarlo ir. “En realidad ellos temían que una vez libre, me encontraran los hombres de Batista y me mataran para echarles la culpa de mi muerte. Querían dejarme en una iglesia, yo sugerí que mejor era la embajada argentina.”

A la tarde, mientras tomaba el té, le acercaron un televisor para que pudiera seguir la accidentada carrera. “La vi toda, incluso la repetición del accidente que motivó la suspensión. Luego dos chicas y dos muchachos armados me llevaron a ver al embajador. Me volvieron a pedir disculpas y me entregaron para que me llevaran a la embajada. Inmediatamente les avisamos a las agencias noticiosas que todo estaba bien, que había recuperado la libertad”.

Fuente: EL GRÄFICO (1999) – Redacción EG – 03 de abril de 2020 / JR – www.actualidaddeportiva.com.ar – Fotos: elgrafico.com.ar – Clarín