//Cupecitas de Turismo Carretera: reliquias que fundaron el TC y siguen corriendo entre tradición, familia, pasión y ambición de ganar

Cupecitas de Turismo Carretera: reliquias que fundaron el TC y siguen corriendo entre tradición, familia, pasión y ambición de ganar

Autos de los años treintas hasta los setentas reúnen septuagenarios, mujeres y nietos y apellidos que se repiten; compiten a la vieja usanza: de a uno, en ruta y en formato de regularidad.

Jorge Risso baja del ómnibus/casa rodante en el que viaja su equipo, con el cabello todavía húmedo. “Discúlpeme, pero acabo de levantarme. Es que apenas dormí. Nunca puedo dormir la noche anterior a una carrera”, dice, y enseguida explica: “¿Sabe qué pasa? Mucha gente disfruta de viajar a cualquier lado. Mi locura es esto”, sostiene, mientras señala el parque cerrado donde los motores comienzan a rugir con fuerza.

Es domingo y falta menos de una hora para la largada de la competencia del fin de semana que otorga puntaje para el campeonato anual que desde hace 31 años organiza la Asociación de Cupecitas del Turismo Carretera (AC del TC), entidad que agrupa a los modelos que a lo largo de las décadas dieron lustre y fama a la más argentina de las categorías automovilísticas. Risso ya tiene puesto su buzo antiflama. A pocos metros lo espera su bólido, una cupé Ford original del año 1938, la única de color blanco. Fue dos veces campeón nacional pero ahora ostenta otro título: el de ser el piloto más veterano del certamen. “Yo vengo a sacarme el gusto. No sé cuántas personas de 77 años pueden tener el orgullo de poner un coche a 6000 o 7000 revoluciones”, se enorgullece.

Una cupé Ford corriendo en la tierra de las rutas entre campos de Roque Pérez; si bien los autos compiten en formato de regularidad, las velocidades son bastante altas.
Una cupé Ford corriendo en la tierra de las rutas entre campos de Roque Pérez; si bien los autos compiten en formato de regularidad, las velocidades son bastante altas.ACTC

Coloridas, llamativas, ruidosas, las cupecitas que dieron el puntapié inicial al TC hace más de 80 años se resisten a desaparecer. Con máquinas y medidas de seguridad adecuadas al siglo XXI, el espectáculo de la polvareda que brilla a la luz del sol por un camino de tierra mientras el sonido de un motor se adueña del ambiente es una invitación a la nostalgia. “Mi viejo me contaba que en los grandes premios se paraba el mundo. Hoy, nosotros tratamos de devolver a la gente de los pueblos aquellas vivencias de los comienzos; de recordar los tiempos en los que todos ayudaban para que el pueblo o el barrio tuviera un piloto en Turismo Carretera, o se juntaban los domingos para escuchar las carreras por radio”, recuerda con emoción Gabriel Condolucci, que junto a su hermano Pablo se coronó campeón en 2021 y lidera el torneo de este año después de cuatro fechas.

La competición de cupecitas es en la actualidad exactamente eso: un maravilloso homenaje al pasado que un buen puñado de soñadores apasionados renueva cuando visita algún pueblo o ciudad pequeña, casi siempre en la provincia de Buenos Aires. Este año, además de celebrar la carrera inaugural en el autódromo porteño Oscar y Juan Gálvez, el campeonato ya pasó por Castelli y Carlos Beguerie (en Roque Pérez) y estará este 5 de junio, domingo, en Cazón (Saladillo).

La apertura de 2022 en el Gálvez y la explicación de cómo se compite

Casi todo es como era antes. Los autos preparados a pulmón en talleres de barrio; la camaradería entre los integrantes de una caravana que incluye familiares y amigos de cada corredor; el esfuerzo y el sacrificio por sentirse eslabones de una cadena que sostiene la historia.

Incluso la competencia respeta los orígenes del TC. Los coches parten de uno en uno y su lucha es básicamente contra el reloj. Las carreras son por promedio impuesto, es decir, cada competidor debe registrar su paso por determinados puntos del recorrido según lo marca la planilla que recibe antes de largar. Los tiempos, además, son diferentes en cada vuelta, lo cual obliga a modificar permanentemente la velocidad para reducir los márgenes de error. Un grupo de controladores distribuidos por el circuito, en lugares conocidos y en otros secretos, anota lo que hace cada coche, y al final la suma y la resta de aciertos y fallos determina las posiciones.

Cómo se corre, visto desde dentro

La regularidad, por supuesto, no impide la velocidad. “Por las dudas no miro el reloj, pero en la recta estos autos pueden alcanzar 180 o 190 kilómetros por hora”, asegura Luis Rapazzo, otro ilustre piloto que supera las siete décadas de vida y que ha transmitido a toda su familia el amor por los fierros. Su copiloto es Gianni, su nieto de apenas 15 años; y Santiago, su hijo menor, corre con la vieja cupé Ford que fue de su padre, que ahora cambió de modelo por comodidad y prepara un Falcon.

Las relaciones familiares son norma en el campeonato de cupecitas. Además de Rapazzo, Risso y Condolucci, en las puertas de muchos autos aparecen varios apellidos por duplicado: Grecco, Guagliano, Raies (“dicen que tendríamos un parentesco lejano con Gabriel, pero no está comprobado”, aventura Federico), Santiago, Ciampo, Camacho…

También Postararo, pintado sobre un Ford Falcon procedente de Inés Indart, un pueblo del partido de Salto. Aunque en este caso hay una originalidad: la navegante es Candela, una de las poquísimas mujeres insertadas en un universo muy masculino. “Siempre me gustó el mundo de los autos y la velocidad, pero recién ahora me metí, a partir de que Luis, mi papá, compró el suyo. Es muy lindo compartir esto y pasar un fin de semana en familia”, afirma, antes de subrayar que si bien es raro ver a una mujer dentro de uno de los autos, “los muchachos son todos muy compañeros y respetuosos”.

Un gran premio en Inés Indart

La cupé Ford 111 tiene otra copiloto, Ana María Ramadori, que posee mucha más experiencia. “Estuvimos alejados un tiempo por problemas de salud de Claudio [Andrei], mi compañero, pero desde hace varios años corremos. Llegamos a ser cinco o seis mujeres en la categoría. Armábamos un lindo grupo, pero de a poco fueron dejándome sola”, sonríe.

Domingo Antonio Pugliese, “Garrincha”, hace sonar su silbato, llamando a reunión general. Es el comisario deportivo de la categoría desde hace 16 años, y también el socio número 1 de la Asociación. “Antes estaba ligado al Turismo Carretera. Trabajaba como fotógrafo en TC La Revista y pegaba las calcomanías en los coches para hacerle publicidad. Fui navegante de las cupecitas y ahora trato de poner un poco de orden, porque los chicos son bravos. Vienen a cualquier hora, hacen lo que quieren”, afirma.

Una vieja Chevrolet en acción, con gomas contemporáneas pero chasis y carrocería de época.
Una vieja Chevrolet en acción, con gomas contemporáneas pero chasis y carrocería de época.ACTC

Garrincha brinda el orden de largada, reparte las planillas con las instrucciones de paso, recibe los datos para establecer las posiciones finales y anuncia los vencedores, a veces varias horas después de la competencia. “En los últimos años la cosa se puso bastante dura. Los promedios son muy ajustados, los errores son muy chiquitos. Es todo muy finito entre los diez primeros”, analiza José Di Giorgio, dueño de un Ford Falcon angostado “que intenta ser un homenaje a Carlos Reutemann”.

El clima distendido por un lado, y la expectativa por los resultados, por el otro, encienden la duda: ¿la intención general es lograr el triunfo, o divertirse y pasarla bien? No hay coincidencia en las respuestas. Son varios los que remarcan que “lo importante es participar y llegar sin que se rompa el auto”, aunque al mismo tiempo dejan caer el latiguillo: “Claro que si se puede ganar…”. Di Giorgio inclina la balanza en sentido contrario –”la mayoría viene a ganar”– y Gabriel Condolucci directamente da vuelta la ecuación: “La realidad es que todos venimos a ganar, y mientras tanto, nos divertimos”.

“Lo importante es participar y llegar sin que se rompa el auto”, dicen algunos, pero otros sostienen: “La realidad es que todos venimos a ganar, y mientras tanto, nos divertimos”; las copas son un incentivo importante en una categoría que se caracteriza por la camaradería entre los participantes.
“Lo importante es participar y llegar sin que se rompa el auto”, dicen algunos, pero otros sostienen: “La realidad es que todos venimos a ganar, y mientras tanto, nos divertimos”; las copas son un incentivo importante en una categoría que se caracteriza por la camaradería entre los participantes.ACTC

La victoria depende de la conjunción entre auto, piloto, navegante y la imprescindible dosis de suerte, en porcentajes que también provocan algún desacuerdo. Pero sobre todo premia el empeño y la energía puestas al servicio de una pasión. “Este año tenemos 40 autos inscriptos. No hay muchas categorías del automovilismo nacional que alcancen esa cifra”, se enorgullece Lucas Bojanich, actual presidente de la AC del TC e hijo de un histórico de las cupecitas.

En el atardecer, las despedidas llegan entre abrazos, besos y la promesa de verse en la siguiente carrera, como para darle la razón al “abuelo” Jorge Risso cuando afirma convencido: “Acá, ganar, ganamos todos”.